Cuentos cortos para tardes de lluvia Vol 2 Elemi Fuentes C. Uribe Alfonso Sales

El valor de la amistad

 Jorge y Ahmed eran dos estudiantes de ingeniería que se habían conocido en Italia, en un intercambio de Erasmus. Jorge era español, de Sevilla concretamente. Le gustaba mucho salir de fiesta, y cómo no, las romerías. También era muy devoto de la virgen de la Macarena, tal y como lo dictan las costumbres del sur. Ahmed era un chico de Pakistán, de la misma edad de Jorge. Ahmed era musulmán y su sentido de la vida y la diversión eran bastante diferentes a los de Jorge. A él le gustaba dar largos paseos entre montañas, disfrutaba con los deportes de riesgo, y era fiel a rezar cinco veces al día, así como lavarse antes del rezo, tal y como sus costumbres lo indicaban.

Pero fuera porque como dice el refrán, que los polos opuestos se atraen, o bien porque los dos tenían un carácter muy afable, el caso es que ambos congeniaron al instante el día en que se conocieron haciendo una ruta turística a través de las calles de Roma. Los presentó un amigo común, Juan, y enseguida comenzaron a charlar y a intercambiar opiniones sobre qué métodos eran más viables y baratos para hacer de las energía renovables no un lujo para los más afortunados, sino un bien básico para aquellos que más los necesitaban.

Pasaban los días, y la amistad entre Jorge y Ahmed crecía y se hacía cada vez más fuerte. Quedaban a diario para tomar café y charlar, y si algún día no podían reunirse, se llamaban el uno al otro para preguntar cómo les había ido el día, y si necesitaba su ayuda en alguna cosa. Pese a las diferencias culturales, Ahmed y Jorge se volvieron inseparables, compartiendo secretos, y sobre todo su pasión por la ingeniería. Y cuando quisieron darse cuenta, ya había transcurrido un año y su tiempo de intercambio en Italia llegaba a su fin. Cada uno tendría que regresar a su país, a su antigua vida, a su universidad. Ambos amigos estaban tristes por la separación, pero decidieron que la distancia no debería ser barrera para su amistad, así que igualmente se escribían a diario, bien a través de servicios de mensajería con el teléfono, o bien por video conferencias a través de Internet.

Pasado un tiempo, Jorge y Ahmed decidieron que sería buena idea volver a verse. Para ello, decidieron que lo más adecuado era hacer un viaje juntos a través de Marruecos, pues la oportunidad les ofrecería no solo el pasar tiempo juntos, sino también explorar y descubrir un nuevo país, con su gente y su cultura, y su música.

Y así fue que llegó el mes de Agosto, y ambos compraron billetes de vuelo con destino a Marrakech. Allí se encontraron de nuevo los amigos y se saludaron y se abrazaron con cariño y se dispusieron a hacer una travesía hacia el corazón de Marruecos que reforzaría aún más su amistad. Llevaban sus mochilas al hombro y enseres básicos, y fueron viajando de ciudad en ciudad hasta finalmente un día llegaron al desierto de Merzouga. El calor era agotador. El Lorenzo brillaba majestuoso en el horizonte, y ellos sudaban sin parar, y parecía que toda el agua del mundo no fuera suficiente para calmar sus ansias. Se perdieron en el camino, y pasaron un buen rato contemplando los mapas y brújula que llevaban consigo, tratando de salir de aquel infierno de arena que amenazaba con derretirlos y borrarlos para siempre de la memoria colectiva de la historia del hombre. En aquel embrollo estaban, cuando comenzaron a discutir el uno con el otro y sin darse cuenta empezaron a levantar las voces, y al poco tiempo, a gritarse. Jorge estaba muy alterado con la discusión, y también porque el agua se les estaba acabando, y resultó que sin quererlo, le dio una bofetada a su amigo Ahmed. Al momento que lo hizo se sintió avergonzado, pero era demasiado orgulloso como para pedir perdón al instante. Decidió, sin embargo, agachar la cabeza, olvidar la discusión, y esperar a ver la reacción de su amigo, pues tal vez él le entendería y le perdonaría. Pero, lejos de montar una escena, o enfadarse con su amigo, o golpearle, o incluso gritarle, Ahmed permaneció imperturbable. En lugar de reprocharle a su amigo su comportamiento, se limitó a agacharse y coger una rama que había en la arena y con ella simplemente escribió estas palabras:

“hoy, mi mejor amigo me dio una bofetada”.  Poco después, los amigos retomaban el camino, en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.

Pasaron un par de horas callados, y poco a poco lo que fue la pelea anterior se fue disipando y los nubarrones de su enfado se secaron bajo el abrigo cálido del sol. Y así, sin quererlo, llegaron a la orilla de un pequeño riachuelo que viajaba caudaloso entre un oasis de palmeras y matorrales. Se quitaron la ropa y rápidamente fueron corriendo a bañarse y refrescarse. Atrás quedaba la discusión, y olvidándose de todo, jugaban y reían a carcajadas, siendo como habían sido hasta entonces muy buenos amigos. Después de un par de horas en aquellas aguas, Ahmed decidió adentrarse a las profundidades del río a coger unas maderas y ramas que había encalladas con el propósito de construir una balsa. Tuvo la mala suerte de que en aquel lugar concreto se producían remolinos y corrientes en el agua, que le impedían alejarse y nadar hacia la orilla. En aquel instante sintió miedo, y comenzó a llamar a Jorge para que lo ayudara. Sin pensarlo un segundo, Jorge nadó velozmente hasta donde se encontraba su amigo. Ahmed ya estaba cansado de tanto luchar contra la corriente, y débilmente ya casi pensaba en dejarse llevar por las aguas. Pero quiso la suerte que Jorge llegara a tiempo, y siendo buen nadador y sabiendo las técnicas para rescatar a personas en el agua, cogió a su amigo Ahmed, rodeando el cuello de éste con su brazo, y poco a poco, consiguió salir hasta la orilla.

Allí se quedaron un buen rato, descansando y tosiendo y recuperándose de aquel mal trago. Finalmente Ahmed se puso en pie, y sacó de su bolsillo una pequeña navaja suiza. Miró a su alrededor durante un buen rato, como queriendo encontrar algo que llevaba tiempo buscando. Jorge lo miraba perplejo, pero no le dijo nada. Finalmente Ahmed se dirigió hacia una roca de gran tamaño, y allí se agachó y con mucha paciencia se puso a tallar algo en la piedra. Pasado un tiempo, a Jorge le picaba la curiosidad, y se acercó a ver qué era lo que estaba haciendo su amigo. Al llegar se dio cuenta de que Ahmed había hecho una inscripción en la piedra. Decía: “hoy, mi mejor amigo me salvó la vida”.  Jorge se emocionó al ver aquellas palabras. Sin embargo, extrañado, le preguntó a su amigo:

–   Ahmed, ¿por qué cuando te di una bofetada escribiste en la arena, y ahora, escribes en piedra?

Sonriendo, Ahmed le contestó:

–  Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribirlo en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo para siempre. Sin embargo, cuando un amigo realiza por ti algo grandioso, debemos grabarlo en piedra, que es la memoria del corazón; donde ningún viento ni lluvia en el mundo jamás podrá olvidarlo ni borrarlo.

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

 

Cuentos cortos para tardes de lluvia Vol 2 Elemi Fuentes C. Uribe Alfonso Sales

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