Noches de Jazz cover C. Uribe Elemi Fuentes

Noches de Jazz

Salí de casa con la serena calma de quien no tenía nada de qué preocuparse. Iba vestido con mi mejor ropa y la noche sonaba a ritmo de jazz.  Caminaba tranquilo a la orilla del rio Sena y la ciudad estaba llena de gente con ganas de divertirse. Me desvié por el boulevard des Champs-Élysées, en el Huitième  arrondissement de Paris, pasando despreocupadamente por la Plaza de la Concordia y al poco, a la derecha, la Plaza de Charles de Gaulle, en cuyo centro se alzaba majestuoso el Arco del Triunfo, símbolo histórico de patriotas revolucionarios, de batallas perdidas, y otras tantas ganadas.

Dejé atrás las Tullerías y el museo de Louvre, y la noche cautivadora repiqueteaba a jazz en el barrio , o quartier, de Châtelet, hacia donde me dirigía a saciar las ansias de música y furor.

Avancé por la rue des Lombards siguiendo el ritmo de una melodía rápida y sinuosa. El espíritu de Dionisio vagaba por aquellas calles con la fuerza de mil noches de olor a azahar, jazmín y salvia, pero también tabaco, alcohol y sudor.

Mis caderas bailaban desbocadas y mi pecho ardía en deseos de conocer a todas aquellas chicas con vestidos coloridos y minifaldas que reían sin prejuicios agarradas a sus hombres. Sonrisas desinhibidas y piel a la vista, mucha, mucha piel.

La música me poseía y retumbaba en mi cabeza la melodía de un contrabajo. Estaba lleno de vida, de sangre joven y nueva que corría rauda por mis venas hinchadas. Ahora la batería ejecutaba giros y repercutía con las baquetas y escobillas en los hi-hats suaves. Un, dos, un, dos. Mis pies danzaban solos en la polifonía de aquellos tonos suspirados por voces de mujer. Y poco a poco el tono bajaba; y después…silencio. Un silencio de ocho tiempos que preparaba el terreno al torbellino de notas de un saxofón y una trompeta, desembocando en un solo improvisado de piano y batería.

Mi corazón desbocado latía con fuerza al compás de aquellos tonos e instrumentos que me embriagaban en la noche de luces y aromas y alcohol y cuerpos de mujer.

De un garito umbrío y prometedor salía una voz masculina y rasgada que hablaba de una dulce chica de piel canela. La letra iba cargada de dobles sentidos y referencias a la jugosa perla que mi dulce niña tiene entre sus piernas, juguetonas y huidizas, siempre listas para mí. Trompetas y más trompetas. Uno, dos, uno, dos. Escucha, cantaba, ésta es mi historia. Apoyada en el vano de la puerta, una chica escuchaba la canción mientras seguía el ritmo de la melodía con el chasquido de sus dedos. Sus piernas bien podrían ser aquellas de las que hablaba el tortuoso solista. Las sigo y parecen no acabar, hasta que tropiezo con su cintura. Ahora está de lado hacia mí, pero su cabeza vuelta me mira, y no sé si lo que trata de contarme con sus ojos me conviene o realmente estoy en peligro. Ahora es el corazón el que baila y baila. Pero aún no es el momento…

Sigo andando por entre los callejones. Me encuentro en una plaza donde hay un bar que pone música para parejas, que agarradas, bailan a un ritmo muy veloz. Suena a verano y noches de playa. Sin voces, la percusión golpea timbales y tambores, mientras una velocísima guitarra me cuenta que hay alguien esperándome. Me siento en una de las mesas y pido un Martini a la vez que bailo al compás de la música con los pies debajo de la mesa. La camisa abierta ya deja ver el sudor que perla el vello de mi pecho. Las parejas parecen sumidas en un trance alocado que les impulsa a tocarse sin pudor. Las manos de ellos bajan por la espalda y las cadera de ellas, mientras las chicas meten burlonas sus piernas entre las de ellos. El movimiento de las caderas es acompasado pero salvaje. Uno, dos, tres, cuatro. Las trompetas arrasan. La melodía parece tocar a su fin, pero el tono desciende suave y retorna al compás anterior.

Bebo el Martini sin apartar la mirada de los grupos de chicas que pasan por delante de mis ojos turbios. Blanco y negro son los colores de la noche, de ésta noche mía, que me mira a los ojos y me dice: vamos, no te pares, búscame.

Apuro el vaso deseoso de salir de allí y buscar ambientes más íntimos donde pueda sentir en la piel el calor de las mujeres que bailan a mi lado. Me levanto decidido a dejar aquel lugar y encontrar atmósferas más turbias, pero en aquel instante una chica me alcanza por detrás, pone sus manos en mi cintura y acompasa su paso al mío. Me mira y me sonríe.

–           Hola, me llamo Ópalo.

La contemplé idiotizado. En efecto, ella parecía una gema surgida de los  sueños más locos de un joyero idealista que buscase la perfección. Sus ojos cristalinos irradiaban tonos ambarinos, índigos y cobrizos, y su labios carnosos y sensuales incitaban a noches de pasión y lujuria.

–           Cariño, – insiste-¿ No me dices tu nombre ?

Dudo. No puedo estar despierto. Soy el hijo de Hipnos y Nix, y cuando me desvele no seré más que Morfeo a las puertas del Hades persiguiendo un sueño imposible.

–           Qué importa mi nombre – alcancé a decir. – Sólo importas tú.

Sonríe modestamente a la vez que se sonroja y baja la mirada.

No, por favor, no dejes de mirarme nunca. Deja que me pierda en el cielo de tus ojos.

Finalmente me toma del brazo y me dice:

–           Si me invitas a tomar algo te contaré donde puso Dios el paraíso.

Borracho de promesas y anhelos la acompaño hacia otro lugar. Caminamos tranquilos y riendo bajo la noche de farolas y calles de piedra. Ella llevaba un vestido esmeralda de una sola pieza de tela fina como la seda, que solo servía para siluetear su cuerpo menudo y esbelto.  Parecía bailar al andar, aunque trataba de pegarse a mi lo máximo posible.  Mi mano en su cintura dibujaba el contorno de sus caderas y mi pecho excitado retumbaba con el latido de cien bestias en celo.

Ópalo me llevo a un establecimiento sombrío donde, según me dijo, sonaban los mejores ritmos de todo París. El garito era lóbrego pero acogedor. Y cuando nosotros llegamos, un virtuoso del piano tocaba sus notas y desgarraba con su voz a los parroquianos, que desde la barra observaban a las tres bellas mozas mulatas que le hacían los coros. El pianista cantaba una canción sobre dos desconocidos que se enamoraban a primera vista. Parecía que hablase de nosotros.

El bar aún no estaba lleno. Aún es temprano, dijo Ópalo. Aquí suena la música hasta que amanece. Nos sentamos en una pequeña mesa en un lugar oscuro, cerca del pianista. Ella hablaba y sonreía despreocupada. Y yo embelesado la observaba sin perderme ninguno de sus gestos.  Su pelo era negro y sus rostro delicado. Tenía los ojos rasgados, como orientales. Su boca era pequeña y sus labios, carnosos y sonrosados. Sus dientes eran blancos como el nácar  y de una regularidad asombrosa. Su sonrisa  era dulce y maravillosa, la más hermosa que jamás hubiera visto. Y sus  piernas, escaleras de mármol que subiría una y otra vez para encontrar la gloria de su ser.

Cuando yo hablaba, ella apoyaba los codos en la mesa y me miraba como si yo fuese la  única persona  que existiese en el mundo. El brillo de sus ojos daba a entender que eran solo portales a un imperio desconocido, a un mundo nuevo, lejos de todos los demás seres que vagaban aquella noche en aquel antro, en las calles, o en todo el cosmos. Me hacía sentir especial.

–           De donde yo vengo, suena música todo el día.

–           Del paraíso – dije.

–           Sí, del paraíso. – Respondió.

–           ¿Por qué me has elegido? – le pregunté.

Yo estaba seguro de que esta delicada hermosura tendría a sus pies al momento a cualquier otro incauto al que se le antojase hablarle. Y sin embargo, el ingenuo era yo. Aún no daba crédito a mis sentidos, a tenerla a mi lado.

En aquel momento el piano dejó paso a unos címbalos que trazaban caminos entre la selva. Un timbal delicado y cadencioso anunciaba la melodía, y después, una voz suave y femenina comenzó a entonar los versos de un swing-jazz en francés. Sin contestarme, y antes de que pudiera reaccionar, Ópalo me cogió de la mano y me sacó a bailar.

Sabía que ella conocía bien esta canción, seguro. Bailamos siguiendo el ritmo y tarareando; girando sobre nosotros mismos y haciéndola a ella girar y saltar, mientras nos desplazábamos por toda la pista. Las luces, desenfrenadas, quedaban siempre a un lado u otro de la pista, mientras que ella y yo nos encontrábamos con nuestras miradas. En ese momento supe que mi cordura se la iba a entregar si ella me lo pidiera. Estaba perdido… Poco a poco dejamos de girar y se fue poniendo de puntillas hasta que clavó sus labios en los míos, que rendidos le dieron toda su vida. La abracé como si pensase que fuera a desaparecer en cualquier momento. Me odié por querer así, y la odié por hacerme quererla. Cuando la canción parecía acabar y el beso parecía sosegarse, el ritmo enloqueció. Subió y subió hacia la más oscura noche y ella apretó su cuerpo contra el mío como queriendo meterse dentro de mí. Olvidé que detrás de su cuerpo había un mundo al que ambos pertenecíamos. O al menos, yo. Aunque, en realidad ahora era de ella.

La música cesó y nos sentamos a charlar. Si me preguntas, no sabría decirte que pasaba en aquel bar, ni siquiera recuerdo la música que sonaba, aunque creo que oía ritmos esquivos e irónicos que me  susurraban es tarde. Aunque quizás fuese ella quien lo dijera.

–           Quiero que vengas conmigo.  – Dijo

–           Te seguiré al fin del mundo. -le contesté. Y me sentí estúpido al saber que estaba bajo su hechizo. Pero era verdad, la seguiría hasta el infinito.

–           ¿Cómo es? – Pregunté.

–           ¿El qué? – Dijo ella.

–           El lugar del que vienes.

–           Allí la vida es música y olor y sabor y preguntas y calles abiertas y bosques húmedos que llevan a lugares nuevos. Y hay personas que miran a los ojos y manos que te acarician sin preguntar.

Pagué las copas y salimos del bar. Ella me llevaba de la mano y me condujo de nuevo por la calles que yo recorriera unas horas antes en dirección opuesta. Horas, años, vidas. Sin preguntar, me llevó a mi casa. Yo tampoco pregunté. Mi cama fue cálida y ella fue licor en mis labios quemados, dulce y fuego. Su cuerpo era suave y amable. Me condujo y se dejó conducir. Me ató a ella. Se ató a mí. Sus manos, pinceles de colores nuevos, palabras nuevas en plumas delicadas. Palabras creadas para ser dichas por labios libres y visiones nacidas de mentes sin barreras. No pensamos en ningún momento en lo que hacíamos, sino en lo que sentíamos. Uno, dos, uno, dos. Siempre subiendo, nunca bajando. Piel de azabache y alma de aurora. Era joven y sabía a menta. Y si mi mano se deslizó por su pecho, si mis ojos se perdieron en su vientre, si mis labios besaron su pelo fue porque era lo que veía en sus ojos. Realmente sentí que abríamos puertas mucho tiempo cerradas detrás de las cuales sólo podía haber selva, bosque, azúcar y sal. La sal de su cuerpo, húmedo y caliente, como mi propio deseo. Horas, días, vidas. Vamos a bailar. Y bailamos al ritmo de nuestras almas. Espirales de piel y más piel, locas las manos, cuerdos los vientres. Al final fue como si acabásemos de comenzar. No podía parar, pero ya me había perdido dentro de ella.  Me encontró, me dio la mano y me beso en los ojos para que durmiese.

Desperté cuando se levantó de la cama. Su cuerpo desnudo parecía distinto ahora, iluminado por la escasa luz de la ventana abierta. Se acercó a la puerta que daba a la sala. Había alguien al otro lado.

–           Debes volver – Dijo alguien, fuera.

–           Aún no he terminado.

–           No queda mucho tiempo.

–           Solo unos minutos más.

–           Date prisa.

Se acercó a la cama y me puso una mano en el pecho.  Sentirla de nuevo a mi lado, su aroma, su piel canela, el roce de su pelo sobre mi pecho, hizo que me relajara de nuevo y exhausto dejé que el sueño volviera a atraparme.

–           Descansa. – Me susurró con suave voz de espíritu celeste. Le hice caso.

Cuando desperté de nuevo ya no había sombras en mi habitación. El día había venido a visitarme. La cama desecha y Ópalo no estaba a mi lado. Se había marchado. Estaba confuso y resacoso. ¿Y dolorido? Recordaba la magia de la noche anterior, y su cuerpo canela y misterioso cabalgando sobre el mío como una Amazona virgen. Pero, ¿y el dolor? Intenté moverme para asomarme al balcón. Tal vez, aún pudiera verla marcharse. Pero de nuevo, ahí estaba. Una aflicción en el costado que parecía me atravesara de lado a lado con un puñal. ¿Qué es esto? Intenté levantarme, pero apenas podía moverme del suplicio por el cual pasaba mi cuerpo. ¿Ópalo, qué me has hecho? Finalmente conseguí salir de la cama con paso inestable y tambaleándome. Tuve que agarrarme al colchón varias veces para no caerme. Y ahí lo vi: un mancha grande y roja cubría el lugar donde antes yo reposaba. ¿Qué era? Lo toqué y aún estaba fresco. ¿Sangre? Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que aquella sangre era de Ópalo. Que ella era una virgen amazona más allá de mis sueños, y allí estaba la prueba. Pero la sangre aún estaba húmeda y caliente y su diámetro era mayor que el de un balón de fútbol. Parecía haber sido dispersada a presión…¿Ópalo, que me has hecho?

Con el paso inseguro me acerqué poco a poco hasta la mesa que había junto a la ventana. Al parecer, había una nota allí. La cogí y la leí, era de Ópalo:

“Tu es bien mais il faut que tu parts a l’hôpital.” Estás bien pero debes ir al hospital.

Aquello me dejó aún más confundido. No lo entendía. ¡Y aquel dolor en el costado que me atravesaba con la rabia de cien puñales! Lentamente me giré a mirarme, y allí estaba:  una herida cosida de forma transversal en el costado. Aquello era lo que me estaba causando tanto dolor. ¿Pero, qué era? Y de pronto la idea me golpeó con la fuerza de un rayo: ¡mi riñón!

Al instante, me derrumbé. Lo último que recuerdo fue mi cuerpo inconsciente golpeando el frío suelo antes de cerrar los ojos…

 

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Noches de Jazz cover C. Uribe Elemi Fuentes

Advertisements

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s