Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (1/14)

Día 1: El comienzo

Elena y yo llevábamos unos años separadas, sin apenas contacto entre nosotras, más bien por cuestiones geográficas. Tanto así, que la última vez que nos vimos, decidimos entre unas cañas que deberíamos disfrutar de un viaje juntas las dos solas, con la mochila al hombro, a cualquier lugar que el destino quisiera llevarnos. El destino, en este caso, se llamaba Ryanair.

Ella siempre me dice, y con razón, que nunca conoces a una persona lo suficiente hasta que no viajas con ella. El trotamundos experimentado sabe, y al que no lo es, se le comenta, que cuando realizas un viaje con un amigo, y aunque a esa persona no vuelvas a verla en tu vida o en mucho tiempo, tal aventura crea un lazo especial entre vosotros, que os une en silencio y para siempre a través de océanos de tiempo.

Si tienes la suerte de viajar con Elena, sabrás donde empieza el trayecto pero nunca donde ni cómo va a acabar, y mucho menos qué rutas te van a llevar allí. Nosotras, poco o nada sabíamos de nuestro destino. Teníamos los pasajes de avión de Valencia a Marrakech; pero dónde dormir, qué comer, cómo movernos de un lugar a otro, o qué hacer en caso de emergencia… todo aquello era secundario. Eran puentes que se cruzarían con ingenio y picardía cuando llegase el momento.

Quedamos en Murcia capital a las ocho y media de la mañana. Ella tomó un autobús desde Águilas y yo otro desde Mazarrón. Tomamos un café y nos hicimos amigas de Deborah, la camarera de un pequeño bar de Ronda Norte, quien nos dejó cartones y bolígrafos para hacer los carteles que indicarían ‘Valencia’ a los conductores de la autovía mientras hacíamos autostop. Salimos del bar sobre las nueve de la mañana, con los cartones hacia Valencia, las mochilas a cuestas, una botella de “Peche” y gorros de Papá Noel con muelles que bailaban de un lugar a otro alocadamente al compás de nuestros pasos.

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Anduvimos por la carretera poco más de cien metros, cuando nos paró Miguel, un muchachito joven de treinta años, guapo y bastante simpático. Nos contó que era ingeniero y trabajaba con trenes. Y así, entre charlas y risas, nos llevó hasta la misma estación de autobús de Alicante. Nos despedimos agradecidas, y echamos camino por el paseo de la playa de Alicante, haciendo alguna parada de vez en cuando para admirar el paisaje y tomar un chupito de whisky. Caminamos hasta la salida de la ciudad, donde justamente hallamos una gasolinera muy bien situada en la carretera que llevaba a Valencia, y donde paraban muchos conductores a repostar. Allí aparcamos nuestras mochilas y  nos quedamos tiradas un par de horas, cantando y gastando bromas a la gente que pasaba, a ver si querían llevarse a dos muchachas por el precio de una.

Cuando ya casi nos habíamos resignado a desandar lo andado y volver a la estación y coger un tren hasta Valencia, conocimos a Sony. Sony era un hombre belga bastante atractivo e inteligente de unos cuarenta y largos, adinerado, casado y comerciante. Nos contó que, años atrás, siendo él un mozo algo más joven que nosotras, realizó un viaje similar al nuestro, pero en su caso, él fue con amigos haciendo dedo desde Bélgica hasta España. Imagino que nos paró porque nosotras le recordamos a un pasado dulce de su juventud. A una etapa de su vida donde todo era más simple: recuerdos para la posteridad. Y nuestra presencia avivaba la llama de ese pasado. Su mirada encandecida y su risa despreocupada me llevaron a pensar que en ese instante estaría reviviendo los buenos y malos  momentos de su aventura. Sony nos condujo hasta la misma puerta del aeropuerto. Allí nos despedimos y le dimos las gracias. En silencio le deseé cien años de buenaventura. Aquello era el Karma. Estábamos allí a la una y treinta del mediodía. No teníamos que embarcar hasta las ocho y media de la tarde. Nos sobraban horas. Así que decidimos ir a ver a Johnny.

Johnny es un amigo común de origen sueco. Compañero de trabajo de Elena, y piloto de vuelos. Johnny era guapo, rubio, casi albino. Su forma de ser, de gesticular, me tenían embelesada y podía pasarme horas observándole.  Claro que no lo hice. Puesto que normalmente, tal tipo de conducta hace que una acabe en las puertas de un psiquiátrico. Pero la verdad es que el chavalito despertaba en mí un instinto maternal del que apenas sólo quedan unas brasas, pero su presencia conseguía revivir aquel fuego de las cenizas, haciendo que mi instinto maternal quisiera protegerle. En cierto modo, me recordaba a los pingüinos de la Antártica, que sobreviven a predadores durante la juventud gracias a, literalmente, sus caras bonitas. Nos recogió en Xàtiva, y nos llevó a un restaurante local a comer una paella típica de marisco. Pasamos con él una tarde bastante agradable, y poco después de las seis nos fuimos al aeropuerto.

El día había estado lleno de sorpresas y aventuras, pero aún no habíamos salido del país. Aún nos faltaba llegar a Marrakech…

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

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