Jamaa el Fna Marruecos Elemi fuentes

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (2/14)

Gitanos en la noche

Al bajar del avión quise hacer un par de fotos, pero dos policías me gesticularon amablemente que no estaba permitido realizar fotografías en el aeropuerto. ¿Acaso teníamos pintas de terroristas? ¿O podría el flash de la cámara afectar al aterrizaje de un avión? El aeropuerto era bastante pequeño. Me recordaba un poco al de San Javier en Murcia, y creo que su dimensión estaba a caballo entre este y el de Stansted en Londres. Desde luego no era más grande que éstos. Cambiamos el dinero que llevábamos del bote común para el viaje en la moneda local: dírhams; y nos fuimos a coger un taxi que nos llevara a la ciudad. Regateamos el precio hasta que finalmente nos llevaron por un módico precio de dos euros por persona; eso sí, el taxi era compartido con otras dos chicas holandesas. Ellas pagaron ocho euros y medio cada una por el mismo trayecto. Nos dejó en Jamaa el Fna, la plaza principal de la ciudad. Por allí anduvimos buscando lugar donde dormir. Los locales se esforzaban en que los siguiéramos, bien para ofrecernos alojamiento, o bien para vendernos hachís. Ignoramos a muchos de ellos, pero finalmente, decidimos confiar en un chico de unos treinta años con rastas, que nos guiaba en bicicleta. Las holandesas eran algo más acomodadas que nosotras, y se quedaron en una pensión bastante cara. Poco teníamos en común con aquellas chicas, y no volvimos a verlas. Poco después, sin embargo, nos encontramos con Rubén, que iba viajando sólo. Con él encontramos una habitación por cinco dírham cada uno. Estaba limpia, tenía mantas, y había duchas y aseos comunitarios con papel higiénico. No podíamos pedir más, excepto tal vez, una cena, y una cerveza.

Jamaa el Fna Marruecos Elemi fuentes

Cenamos ya tarde en Jamaa el Fna. La plaza todavía era un festival de humos, aromas y luces en la noche. Ya los últimos comerciantes de alimentos recogían sus carnes y zumos y terminaban su larga jornada. Los niños corrían de un lado a otro de la plaza, pidiendo limosna a los turistas. Muchas veces estos iban perseguidos por un grupo de niñas, que los apedreaban, empujaban o daban puñetazos. No entendimos bien este comportamiento, pero nos dijo un tendero que aquello era normal a esa edad, porque las niñas sabían que cuando crecieran, tendrían que acogerse a diferentes normas, y respetar a los hombres, como sus hermanos o esposos; o simplemente, como hombres.

Ya con el estómago lleno, fuimos en busca de una cerveza. Aquello no eran los Emiratos Árabes, y la ley seca no era tan seca, como descubrimos pronto. Matiche, un chiquito de veintidós años, nos llevó hasta un pequeño hotel en reformas. Pasamos bajo los andamios, y al entrar descubrimos un salón grande y polvoriento, con sofás y un par de neveras de bar. De allí sacaban las cervezas. La broma nos costaba tres euros por cabeza, pero considerando que el alcohol no estaba disponible en el supermercado, no podíamos quejarnos. Al poco tiempo nos echaban del local, a nosotros y al resto de clientes, puesto que cerraba. En aquel momento conocimos a Mohamed, quien nos presentó a sus amigos, un grupo de músicos, mayormente gitanos, que justo se iban una discoteca en Nuevo Marrakech a dar un concierto. Nos invitaron a ir con ellos, y los tres aceptamos sin reparo.  Pasamos una noche estupenda bailando y charlando con nuestros nuevos amigos, incluido Rubén, al estilo del más puro flamenco típico andaluz; con muchas de las canciones cantadas en español. Me di cuenta de que los de seguridad hacían la vista gorda cuando Rubén o yo fumábamos hachís; a nuestros amigos, sin embargo, por ser locales, les caía un buen rapapolvo. Con el tiempo aprendimos que los turistas están muy valorados en Marruecos, y se les protege por encima de cualquier local, y se les deja actuar como quieran, incluyendo fumar y beber, puesto que gran parte de la economía del país sobrevive gracias al turismo.

Nuevo Marrakech Elemi Fuentes

Acabamos la fiesta tarde. Cuando nos llegó la factura de las copas, nos llevamos un susto: setenta euros pagamos entre Rubén, Elena y yo. Los chicos pusieron algo de dinero, pero no demasiado. Y resulto ser que Mohamed no puso nada, pues, según me dijo su amigo, tenía problemas con el juego y no le quedaba nada. A regañadientes pagamos y nos fuimos.

Encontramos un KFC a medio camino y paramos a por unas bien merecidas hamburguesas y patatas fritas. Allí vimos unas chicas con mini faldas y maquillaje en exceso. Elena, graciosa y sin miramientos les preguntó que como podían ir vestidas así por Marruecos. ‘Somos prostitutas’, dijo una de las chicas. Yo ya lo sabía, y me entró un ataque de risa que me duró gran parte del camino hasta a la pensión.

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

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