Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Día 2: Descubriendo Marrakech

A la mañana siguiente dormimos hasta tarde y nos levantamos, resacosas, con el sol del mediodía. Rubén partió temprano, y nos dejó una nota agradeciéndonos la noche anterior. Nos duchamos y charlamos con la gente de recepción, quienes continuamente nos ofrecían té. Después nos fuimos al souk de Jamaa el Fna a tomar un café. Allí se nos unió Machine. Charlamos un rato con él, y se despidió para volver al trabajo, con la promesa de que nos veríamos aquella noche. En el souk la gente caminaba tranquila y despreocupada. A veces había que apartarse y dejar camino a un burro, a un caballo, o a una motocicleta. Españoles, como nosotras, no eran los únicos turistas que se veían por la plaza. Aquello era una jolgorio de culturas, una organización y convivencia entre japoneses, americanos, rumanos, turcos, australianos, sudafricanos….y otros tantos piases en un ambiente con el que sólo las Naciones Unidas podían soñar. Yo sonreía para mis adentros, y notaba como toda aquella gente pagaba hasta cuatro o cinco veces el valor de algún objeto, simplemente porque no sabían regatear. Esta es una característica típica del Mediterráneo. Y aunque se la puede encontrar en otros lugares, la picaresca con la que la gente de Marrakech actuaba, y la española, iban unidas mano a mano, mostrando una cultura común, y convivencia mutua durante cientos de años. Nuestros hermanos. Los reyes Católicos expulsaron a los musulmanes de España en mil quinientos dos, sin embargo, después de más de un milenio de ocupación en aquel territorio por el que lucharon encarnizadamente ¿Quién podía decir que aquella no era su tierra, tanto como lo era nuestra?

Caminamos tranquilamente por los zocos. Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Dejamos los zocos después de un par de horas de paseo y charlas. Sin quererlo llegamos a un barrio desolado, de edificios bajos, muchos en ruinas, y solares polvorientos. Apenas había gente por allí. Al poco un hombre nos quiso llevar a ver un museo textil, e inocentes, aceptamos. Allí nos enseñó cómo se trabajaban los materiales y cuánto tiempo y esfuerzo invertían las familias para manufacturar bolsos de cuero y ropas; y después de una experiencia bastante decepcionante, nos dijo que era costumbre que se dejara una propina por el privilegio de ver como se fabricaban los textiles. Nos miramos, y en silencio pensamos al unísono: ‘¡cabrones!’.  Les dimos cincuenta dirhams. Aún nos hicieron pasar por su tienda de bolsos e insistían en vendernos algo más antes de dejarnos marchar. Después de muchos “que no”, “gracias” y “no tenemos más dinero”, salimos de allí con los bolsillos algo más ligeros y acordándonos de sus familias.

Museo Textil Marrakech marruecos - Elemi fuetnes

De todo se aprende. Aquello fue uno de tantos incidentes, pero no dejamos que bajara nuestra moral, y seguimos felices por las calles de Marrakech, los huertos, las mezquitas… Con mucho arte y salero tratamos de entrar a una mezquita, pero amablemente nos comentaron que no se podía entrar a menos que fueras a rezar, y con la indumentaria adecuada. Aprendimos también que cinco veces al día suena una sirena seguida de una oración. La gente en la calle deja lo que esté haciendo y reza durante unos minutos. El que quiere, vamos. A los extranjeros simplemente se les pide que durante ese tiempo no hablen demasiado y no interrumpan al que esté orando.

Poco después fuimos a comer a un restaurante local. La palabra restaurante, o bar incluso, no definen exactamente como eran aquellos locales. Al que nosotras entramos, tenía tres fogones con cacerolas grandes y tres tipos de comida distinta cada uno. Elegías del menú, y con un poco de pan te sentabas en algún lado a comerlo. Enseguida nos acostumbramos a comer con las manos, y disimuladamente, limpiárnoslas en el pan como hacía mucha de la gente con la que compartimos comidas y cenas, puesto que rara vez habían servilletas.

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

Advertisements

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s