Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (4/14)

Laberintos

Por la tarde volvimos de nuevo al souk de Jmaa el Fna a matar el tiempo mientras esperábamos a Machine. Los últimos rayos de la tarde bañaban de luz a las atracciones que se preparaban para dar color a la noche. Encantadores de serpientes, cuenta cuentos, malabaristas, y un sin fin de gente con artes varias se agrupaba a los alrededores para presenciar tales espectáculos. Entre todos ellos, una gitana con la cara cubierta nos llamaba en español ‘¡María, María!’, decía, para que nos hiciéramos un dibujo tradicional de henna. Nos sentamos y en un álbum de fotos miramos los diseños y los precios hasta que decidimos por un modelo cada una. Para nuestra sorpresa, lo que nos iba a costar cuarenta dírhams pasó a costarnos cuarenta euros.  Una vez que la mujer terminó de hacernos los dibujos, quiso cobrarnos de más, y se negaba a enseñarnos los precios que nosotras habíamos visto en los álbumes. Protestamos efusivamente. Pero ella solo se limitó a hacer más diseños en los brazos de Elena y los míos. Finalmente, las dos nos miramos resignadas: “Hay que pagarle. Hagamos lo que hagamos, tenemos las de perder”. Las palabras no salieron de nuestros labios, pero las dos lo pensamos mientras nos mirábamos en silencio. Al final capitulamos.

DIGITAL CAMERA

Poco después nos encontrábamos con Machine.  Tranquilamente fuimos los tres andando hasta Nuevo Marrakech, donde estuvimos la noche anterior. La tarde poco a poco se disipaba y para cuando llegamos a nuestro destino, el sol había desaparecido en el horizonte. Nuestro propósito era comprar algo de alcohol para aquella noche. Una botella de vino, quizás, o una de vodka. No sabíamos exactamente que se bebía por allí; simplemente confiábamos en Machine, nuestro guía. Pronto aprendimos que Marruecos exporta vino, y que este es de calidad considerable. Yo esperaba encontrarme con una tienda al estilo de las off license londinenses: pequeños receptáculos hasta arriba de alimentos, alcohol, y tabaco, y cuyos propietarios eran mayormente indios, pakistaníes o turcos. Aunque claro, aquí suponía que los dueños serian locales. Lo que no esperaba encontrarme era la simple entrada de un garaje en un pequeño edificio de un par de plantas. Al bajar la cuesta, encontramos un local pequeño con varias barras de metal, y cuatro hombres detrás de estas despachando botellas de todo tipo de licores importados.

Al poco nos reuníamos con Laura y Víctor, una pareja madrileña que conocimos aquella tarde. Andamos con ellos y Machine sin rumbo fijo por aquella ciudad en la que parecía que el tiempo se había detenido. La noche era cálida y acogedora, y nosotros, cual viajeros, nos contentábamos con la presencia y compañía de los otros sin importar a qué lugar nos llevaran nuestros pasos. Al tiempo acabamos sentados en un banco junto a los muros de la fortaleza de la antigua ciudadela de Marrakech. Desde cerca les pudimos distinguir claramente varios agujeros de balas. Allí fumábamos y compartíamos nuestra bebida entre charlas y risas, y lo que son las cosas, vendría a unirse a nuestro pequeño grupo aquel simpático muchacho de rastas que el primer día nos mostró varias pensiones en las que alojarnos. Él seguía con su bicicleta. Y con él venía también un hombre un poco mayor que el resto de nosotros;  a quien, después de aquella noche, recordaríamos únicamente como Bíceps. Allí estábamos todos: Bíceps, Machine, Víctor, Laura, el chico de las rastas, Elena y yo. Todos iguales, todos hermanos. Al final lo que único que uno realmente quiere es llenar su vida de recuerdos mágicos a los que pueda mirar atrás y sonreír. Nosotros estábamos creando esos momentos, junto con decenas de anécdotas y juegos de palabras imposibles de explicar para quienes no disfrutaron de la experiencia.

Elena en marruecos, victor en marruecos, laura en marruecos, machine en marruecos, elemi en marruecos

Desde el banco junto a la fortaleza donde estábamos todos sentados, decidimos irnos a un lugar más recluido puesto que nuestros amigos locales debían desaparecer de las calles pasado el toque de queda. Como tal no sonaba una campana, ni pasaba un pregonero por las calles avisando de que era la hora de irse. Pero era una de esas reglas no escritas que todo el mundo sabía. Pasadas ciertas horas no se debía estar en la calle, pues de ser así, podría ser que los de seguridad le confundieran a uno con un delincuente y lo tratasen como tal, incluyendo pasar la noche en una celda.

Allí anduvimos por las callejuelas de laberintos, paseando tranquilos, bromeando, disfrutando de la compañía de buenos amigos… Los chicos nos dijeron que nos iban a llevar a una casa ocupa. Al escuchar esto, me sentí por un momento transportada años atrás, a la maravillosa ciudad de Málaga en la que mi amigo  Pablo me había acogido unos días. Entre las muchas maravillas de la ciudad, me enseñó una de las casas ocupas del centro. Un lugar bastante limpio con mesas, una barra de bar, cerveza barata, y una segunda planta con aseos y un proyector donde a menudo se proyectaban películas de bajo presupuesto de varios países. Antes de llegar, sin embargo, nos encontramos con un vigilante, alguien de seguridad, un hombre inmenso de dos por dos con vaqueros, una acreditación colgando del pecho y un bate de béisbol que, después del alcohol y a aquellas horas de la noche en una ciudad desconocida, daban rienda suelta a mis temores más íntimos sobre tortura y mutilación. Mi cara debió de reflejar estos pensamientos y más, puesto que Machine me miró sonriendo y me dijo que me tranquilizara. Después de intercambiar unas breves palabras con el hombre del bate, seguimos nuestro camino hasta la riad que sería nuestra casa ocupa aquella noche. La entrada era tan solo una puerta sin marcas, pequeña, que nada te hacía esperar que te llevara a un patio interior lleno de árboles de naranjos, bañados de plata bajo el reflejo de la luna. A un lado de este encontramos una habitación vacía y sin luz, y allí nos quedamos unos minutos. Poco después Laura, Víctor, Elena y yo, nos despedíamos de nuestros compadres, para acabar la noche en la terraza del hotel donde se alojaban Víctor y Laura. La terraza estaba decorada con colchones y almohadas de colores, velas e inciensos. La noche era mágica y cálida, y la bóveda celestial nos arropaba con las estrellas.  Desde allí divisábamos la plaza de Jamaa el Fna y Marrakech se mostraba a nuestros pies majestuosa como diosa imponente de la historia de África.

marrakesh

 

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

Advertisements

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s