Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (5/14)

Día 3: Momentos de reflexión

A la mañana siguiente nos levantamos con bastante resaca. Era el aniversario de la muerte del padre de Elena. Yo poco sabía de él. A veces me lo encontraba en la biblioteca leyendo, y nos saludábamos cortésmente con un ligero movimiento de cabeza. Tenía un rostro amable y el pelo blanco. Siempre que me lo cruzaba no podía evitar pensar que de existir Papa Noel, sería igual que el padre de Elena. Ella poco dijo al respecto, y yo no quise indagar, puesto que no sabría qué palabras utilizar para aquel momento. Y nada de lo que dijera iba a mejorar o cambiar la situación. Dejé a Elena con sus pensamientos y yo me sumí en los míos mientras paseábamos por los parques y los zocos de la ciudad, en aquel soleado día de Diciembre.

Si no tenía palabras para Elena, era porque en aquel momento no tenía sentido ninguno de la empatía. La relación especial que ella tenía con su familia, el lazo de amor incondicional… Yo no sabía exactamente que era ese lazo, o como se creaba. Mi familia siempre fue bastante disfuncional, con muchos abusos, conflictos y problemas de comportamiento. Me llevó a pensar que tanto echaría de menos a mis progenitores o hermanos cuando estos fallecieran, y si, recíprocamente, ellos sentirían lo mismo cuando yo cerrara los ojos para siempre.

Poco sabía yo de la muerte. Evitaba a la negra guadaña hasta el día en que sonara el último redoble de mi aliento, y viniera, siniestra, a llevarse mi alma. Mientras tanto, la dama negra y yo manteníamos las distancias. A los catorce años hizo su primera aparición llevándose a la madre de una buena amiga. Yo la conocí ya enferma, muriendo en su casa con botellas de oxígeno y goteros de morfina. Delgada y amarilla, consumiéndose de un cáncer que empezó en el estómago. Pase a ver el ataúd abierto una última vez antes de que la enterraran. Se veía aún más pálida y delgada, más enferma. ¿Así era como todo terminaba? Aquella tarde lloré mucho. Lloré por la mujer que se había ido porque nunca la llegaría a conocer. Y lloré por mi madre, por si la perdía. Y mientras paseábamos sin rumbo fijo por las callejuelas de Marrakech, me di cuenta que aquellas lágrimas fueron las últimas que derramé por mi madre en muchos años.

Algunos años después, y ya recuperada del shock original, vino de nuevo la dama a por mi bisabuela, o Mamá Juana, como nosotros la llamábamos. Por aquel entonces yo ya vivía en Londres. No vi la necesidad de coger un vuelo, puesto que tampoco conocía tanto a la señora. Mamá Juana era un recuerdo vago de mi niñez. Una señora alta, delgada y arrugada, con problemas de vista. Mamá Juana siempre fue simpática y cariñosa. Y a cualquier hora que llegases a su casa -ella vivía con la tía Concha, una de sus hijas-, siempre te ponía un plato de comida, postre, y te daba dulces que había que comerse quisieras o no quisieras. Si las cosas hubieran sido de otra manera, y yo hubiera pasado más tiempo con la vieja en vez de las ocasiones tan contadas y espaciadas en el tiempo, de seguro que la hubiera querido mucho y la estaría echándola de menos. Si hubiera sido de otra manera… pero no lo fue. Y pensar en ello no iba a cambiar el pasado, ni iba a hacer que la señora reviviera, ni íbamos a forjar una relación especial ahora, después de su muerte.

Pocos años después, volvió la negra dama a por mi abuelo. A mi abuelo si lo quise mucho simplemente porque cuando me veía él me quería incondicionalmente, sin reparos, sin trabas, tal cual era yo en aquel entonces. Sin embargo la relación con mi abuelo tampoco fue todo lo que yo hubiera querido o esperado, y no por falta de esfuerzo del padre de mi madre, sino más bien porque mis padres siempre hablaban mal de él, y del resto de la familia, y nunca fueron muy dados a pasar tiempo con otros parientes; y yo, simplemente crecí alejada del cariño familiar que cualquier niño necesita para crecer y desarrollarse de forma mentalmente estable. Papá Felipe, como nos hacía el abuelo llamarle, mantenía, desde hacía muchos años, desde que su primera mujer falleció, una relación de pareja con una mujer llamada Ana María. Ana María siempre fue amable y cariñosa con mis hermanos y conmigo. ¡Pero cuánto daño hacen las palabras mal sonantes en oídos infantiles que aún no son capaces de tomar ciertas decisiones…! Así que con el paso del tiempo también perdí el contacto con la señora. La recuerdo a menudo, y  a veces pienso que sería de mi vida si en ella quedara algo más que su huella…

En Noviembre de ese año, justo el mes anterior a nuestro viaje, había muerto César. Muerto. Que frío sonaba aquello. Pero así era él, un cadáver helado descomponiéndose en las entrañas de la tierra. César fue un gran amigo, un gran amor, y de entre todos mis amantes, uno de los mejores. En cierta forma, nunca dejé de amarle. cesar`Perdimos el contacto durante un par de años, y cuando volvimos a encontrarnos, él ya había hecho las paces con el mundo. Un tumor que se le desarrolló entre el pecho y el pulmón, le consumió lentamente durante dos años. Durante aquel tiempo, él se deshizo de todas sus tecnologías materiales y las cambió por el mundo espiritual. No podía dejar de preguntarme si también había dejado de lado sus tendencias sadistas. Pero sexo, me dijo, llevaba tiempo sin practicarlo, puesto que la enfermedad le hacía sentirse como si fuera un viejo de ochenta años. Aún se le veía un muchacho grande, pero había perdido más de la mitad de su masa corporal. La medicación y la quimioterapia hicieron que perdiera todo el pelo, las cejas y vello corporal. Echaba de menos su hermoso pelo largo y negro. Y su cuerpo voluminoso, que cuando te abrazaba sentías como si estuvieses bajo el manto de un creador, seguro de que nada podría pasarte mientras estuvieras arropada en sus brazos. Su cuerpo, tan grande y bondadoso, se había deteriorado en una masa frágil y pálida de pieles y huesos.  Finalmente, César perdió la batalla, y se fue con la negra dama. Me enteré de lo sucedido el día del funeral. Pero no quise ir. Tampoco fui después al cementerio. Pasé conduciendo cientos de veces por el desvío  de la carretera de Mazarrón que me llevaría al cementerio, pero nunca quise acercarme a darle el último adiós. Prefería pensar que, aunque no nos viéramos, César seguía trabajando en el Café la Peña en el paseo de Puerto de Mazarrón. Allí serviría los cafés a decenas de locales y extranjeros que desde la primera planta observarían el mar, el sol, y la gente paseando por entre los puestos del paseo. La tarde se alargaría a la noche, y allí estaría César, siempre con una sonrisa en sus labios, sirviendo los primeros cócteles de la noche, mientras que algún grupo de blues, jazz o rock preparaba el equipo de sonido para el concierto de aquella anoche….

cesar2

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

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