Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (6/14)

De Marrakech a Ouarzazate

Después de un par de horas por aquel carnaval de aromas, olores, sabores, texturas y colores, nos encaminamos a la estación de autobús de Marrakech, desde donde emprenderíamos un viaje fascinante al corazón de Marruecos.

Viajar por Marruecos es toda una odisea no apta para aquellos que sufren del corazón. Al menos, es lo que pensé cuando decidimos coger el autobús hacia la famosa ciudad de Ouarzazate. Un oasis en el desierto. Un refugio para los nómadas. Un desierto por el que habían pasado cientos de actores como Bratt Pitt o Julia Roberts, y donde se habían filmado cientos de películas de éxito mundial como ‘la guerra de las galaxias’, ‘Lawrence de Arabia’, y otras tantas de menos renombre. Pero ese dato aún no lo sabíamos. Esa y otras tantas maravillas que nos deparaban en el corazón de Marruecos eran un misterio al que nos aventurábamos con los brazos abiertos.

Mientras tanto, allá íbamos Elena y yo, felices, con el alma contenta, la cabeza alta y los pasos tranquilos hacia la estación de autobús de Marrakech. Al hombro llevábamos las mochilas que serían nuestra vida, nuestras únicas pertenencias en ocho días. Gel, cepillo de dientes, ropa, saco de dormir y documentos. ¡Con que poco se contenta en alma y cuanto necesitan las personas para llenar vidas de almas vacías!  Las dos llevábamos gorritos de Papá Noel; de esos que llevan muelle y saltan alegremente arriba y abajo. Al fin y al cabo, era Diciembre. Entre todas las personas que conocimos aquellos días, y aún aquellas que nos faltarían por conocer, solo una, entre cientos, pareció tener un problema con nuestra decisión de expresar nuestra cultura europea de manera tan abierta en un territorio musulmán. Me dio que pensar: esta gente no se sentía ofendida, sino más bien se lo tomaba a broma. Pero nosotros, españolitos de sangre y de bandera, les juzgamos como inferiores por aquello que no comprendemos, pero peor aún, nos negamos a entender.  Y me pregunté, ¿quién es realmente más cerrado de mente? Las bromas y el sentido del humor son cartas que se pueden jugar a nivel internacional. Sea cual sea la cultura, la religión o la forma de vida, el hombre sobrevive gracias al humor. Y al sexo, no olvidemos el sexo. Pero de sexo hablaremos más adelante…

En la estación de Marrakech, un hombre delgado y algo mayor, tal vez de unos sesenta años, cambio su trabuche por mi gorro de Papá Noel. Lo lleve puesto el resto del viaje. Regateamos con el conductor y varios hombres más el precio del billete, hasta conseguir que nos llevaran por unos noventa dírham; algo así como nueve euros por los dos billetes. ¿Nos timaron? Tal vez. Si lo comparas con lo que paga la gente local. Pero nosotras éramos turistas. Mujeres, además, viajando solas, y mochileras. Y el trayecto duró unas cinco horas, tal vez más. Noventa dírhams era un precio razonable.

Aún tuvimos que esperar otra media hora más, a que pasara una retahíla de gente intentando vendernos chicles, pañuelos, libros del Corán en edición de bolsillo, y un largo etcétera.  Nosotras compramos un par de botellas de agua a un chaval de unos doce años. Resultó que las botellas ya habían sido usadas y el muy… en fin, el chaval nos vendió agua del grifo. Hay que reconocerle la picardía que el crío tenia para ganarse la vida. La expresión máxima del Lazarillo de Tormes en el siglo veintiuno.

Antes de salir de la estación estuvimos a punto de atropellar a varias personas de las decenas que se agolpaban contra las puertas y delante del autobús. Para tranquilizarme, traté de pensar en las razones que tendría esta gente para no apartarse del camino y dejar paso al vehículo. Tal vez querían terminar de vender sus productos, y quizás, si el conductor parase y abriese la puerta, podrían tener una excusa para subir y hacer el trayecto gratis. Aquello era la ley de la jungla. Y en aquel caso el que mandaba era el autobús, el más fuerte y grande quien seguía su ruta sin inmutarse. Al final la gente se apartaba, siempre se apartaban. Y con la imagen de la gente echándose a un lado y otro de la calle, para evitar ser atropellados, me pregunté si, de las decenas de amputados que vi por entre las calles de Marrakech; si ellos fueron de los que no se apartaron a tiempo. Quise preguntarme qué tan limitada sería por Marruecos la asistencia médica, pero me contuve. Carpe Diem, nena. Estas aquí, ya tendrás tiempo para eso.

Mientras atravesábamos la cordillera del Alto Atlas me vi de nuevo filosofando con la muerte. Si bien el límite de circulación es respetado tanto o más que el Corán, bien es verdad que en cuanto a conducción se refiere, es lo único que se respeta. Los semáforos y señales solo existían en las ciudades más acomodadas. Nadie usaba los intermitentes y los adelantamientos se hacían a cualquier lado de la carretera…Pero aquello no era lo que me mantenía alerta sudando adrenalina. Ni siquiera la escasez de quita miedos que, de haberlos, recorriendo una carretera estrecha de doble sentido, a casi cuatro mil metros de altura y con magníficas vistas a un precipicio sin fondo, tampoco servían para mucho.

Para ganarle la batalla a la pálida dama, me relaje pensando que bien podría ser que saliera viva de aquella ruta.  Pero  que de no ser así, acabar en los despeñaderos del Atlas tampoco sería tan mala fortuna si me concentraba en la belleza del paisaje de alrededor, y aquella fuera la última imagen que me llevara al otro lado de la frontera.

Conforme ascendíamos por la carretera entre las montañas, fuimos dejando atrás huertos de olivos y naranjos, palmerales, higueras y matojos varios típicos del clima cálido del Mediterráneo. Poco a poco el paisaje se iba transformando en bosques frondosos de cedros, encinas y alcornoques, entrecortados por valles profundos y gargantas cortantes, alternando aquí y allá con mesetas volcánicas.  En la línea del horizonte, cubierto de nieve y majestuoso se elevaba el pico Toubkal, dominando los cielos y contrastando con las tierras rojizas de alrededor y los verdes,  marrones y amarillos de los bosques y valles. La cuenca del río Oum Er-Rbia, o tal vez uno de sus muchos afluentes, nos acompañó cual guía turístico durante gran parte del trayecto, hasta que finalmente dejamos atrás las montañas. Decir que el paisaje se había detenido en el tiempo en un glorioso día de primavera, no podría hacerle justicia a la belleza que se desplegaba ante nuestros ojos.

Antes de abandonar el Atlas, eso sí, el conductor hizo una pequeña parada en una pedanía polvorienta y sucia en la carretera. Esta se componía de tres o cuatro casas a cada lado de la carretera, una tienda que vendía abalorios para los turistas, y un restaurante donde el único plato era pollo al Tagine. Allí paraban muchos viajantes con quienes nos cruzamos por el camino, con sus carromatos y sus burros y sus alforjas. Las bestias descansaban mientras ellos hacían trueques con los vecinos de alrededor y otros viajeros.

Compramos abalorios por pocos dírhams y algo de trueque con paracetamol y aspirinas que Elena llevaba encima. Comimos rápidamente, y emprendimos el último tramo en la ruta del tercer día. Atrás quedaba el Atlas. Sin embargo, no sería la última vez que recorrería aquel majestuoso compañero de cavilaciones.

Aún continuamos un par de horas más. Adelante, el camino era un inmenso territorio rojizo con casas de adobe aquí y allá desperdigas alocadamente entre las montañas y a la orilla de la carretera. Si Marte tuviera atmósfera, pensé, sería exactamente así. En ocasiones encontrabas a alguna mujer lavando ropa en el río, o bien pastoreando con su rebaño. Pero lo que más me sorprendió, era ver a niños de tres o cuatro años en la orilla de la carretera; que con una pequeña mochila colgada al hombro, andaban a diario los varios kilómetros que les separaban del colegio más cercano. Los menos afortunados, los que vivían demasiado lejos para ir a la escuela, se los veía recoger piedras en las montañas que luego venderían a los turistas. Y los más avispados, andaban ya en burro, a veces solos, a veces con su padre como compañero, y guiaban su carromato cargado de hierbas y rastrojos entre su casa y el mercado. Aquellos niños no eran como los niños de Europa. En cuanto empezaban a caminar, se convertían en pequeños hombres que ya eran útiles para las familias. Eran supervivientes. Así era como el homo habilis había salido de África hacía dos millones y medio de años. Así era como sobrevivía.

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

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