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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (8/14)


Hischam

 Hischam era un chico guapo y simpático, llevaba un shash blanco en la cabeza al más puro estilo bereber; y aunque acostumbrado a las noches del desierto, su vida ya no era tan nómada como otros de sus coetáneos. Sus inmensos ojos azabaches eran capaces de cautivar el alma de cualquier demonio y mostrar la luz que de ella se desprendía. Por supuesto que nos invitó a té, y entre charlas y risas, condones, medicamentos y dírhams, salimos de la tienda no sólo con abalorios de plata sino con el que sería nuestro amigo y guía durante el resto de nuestra aventura.

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Hischam nos introdujo a Abdul, su compañero de piso y también tendero de otro establecimiento en la misma callejuela. Al cerrar los negocios nos invitaron a cenar a su casa, y nosotras compramos vino en la tienda local, ya que Oaurzazate, al parecer, era no solo una ciudad con más capital que muchas otras en Marruecos, sino también con leyes menos secas y más permisivas en cuanto a alcohol y otros enseres se refería.

La entrada al apartamento era un laberinto de escaleras sin luz y agujeros en el suelo por donde uno tenía que mirar bien sus pasos. El apartamento consistía en una pequeña cocina sin apenas utensilios o fogones, solo una botella de camping-gas y un par de ollas donde cocinaban, mayormente pollo al Tagine, debido a lo poco que costaba cocinarlo, y la gran cantidad que se podía hacer con muy poco dinero. Aquello me dejó anonadada, y es más, me enseñó una lección valiosísima que procuré no olvidar tanto en mis viajes futuros como en mi forma de comportarme para con otros menos favorecidos que yo: ellos no tenían nada, ni siquiera colchones donde dormir, solo jarapas y una vieja televisión y sin embargo, todo lo compartían, puesto que el valor de una persona no se mide por la cantidad de posesiones materiales que tiene, sino por la generosidad de su alma. El baño, como casi todos los que encontramos en Marruecos, consistía simplemente en un agujero en el suelo en donde uno se acuclillaba para hacer sus necesidades, y una cisterna de la que tirar para que se llevase los deshechos.

Aquella noche cenamos tranquilamente y fumamos unas shishas, y si bien Hischam no bebía y era partidario de rezar cinco veces al día y lavarse tal y como las costumbres lo indicaban, Abdul era diferente y nos ayudó a terminar las botellas de vino antes de acompañarnos a la pensión a dormir.

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

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