Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (10/14)

Día 5: el desierto de Merzouga

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición. Nos alegró saber que extraños se preocupaban de esa forma por nosotros; también porque dos chicas viajando solas con la mochila al hombro no era de las escenas más típicas que se veían por aquellos lugares. Le aseguramos que estábamos bien y que pasamos la noche con amigos, y le pagamos lo debido y una noche más, puesto que no sabíamos a donde, ni cuán lejos estaba el famoso desierto de Merzouga al que nos dirigíamos aquel día, y si volveríamos por la noche.

En una vieja motocicleta de las antiguas Rieju, nos subimos Elena, Hischam y yo, y condujimos por la ciudad hasta una tienda de alquiler de coches. Hischam negoció los precios, y poco después de dejar un depósito y pagar el alquiler del vehículo, salimos los tres apaciblemente en dirección a Merzouga. Elena conducía tranquilamente, y los tres cantábamos y charlábamos, y yo no podía dejar de pensar en Hischam y en lo dulce que era. Nos escribíamos en mi diario notas en francés, y alguna que otra vez nos cogimos de la mano.

Elena- Hischam y yo - Marruecos, un viaje a las profundidades del alma -c. uribe
Elena- Hischam y yo en el coche

El trayecto duró casi ocho horas. Paramos de vez en cuando aquí y allá bien a repostar, o bien a comer algo. Otra lección que aprendimos de Hischam fue en un pequeño bar de un pueblo perdido, donde nos sentamos los tres a llenar el estómago. Allí Hischam se negó a comer, alegando que no era de buenas maneras comer delante de aquellos que no tenían pan que llevarse a la boca si uno no podía o quería compartir lo que tenía. Las dos entendimos perfectamente la lección, y desde entonces nunca volvimos a comer delante de nadie con quien no pudiéramos compartir nuestro alimento.

De camino a Merzouga - marruecos, un viaje a las profundidades del alma - c.uribe
De camino a Merzouga

Llegamos a Merzouga de noche. Aparcarnos cerca de unas Kasbahs y junto a varios dromedarios, e Hischam nos condujo al interior a hablar con el dueño y la gente que se encargaba de las bestias y de hacer las rutas con turistas. El interior de las Kasbash era caliente y muy acogedor, con tapicería, almohadones y cortinas de colores brillantes. Nos ofrecieron asiento y pacientemente esperamos, mientras embelesadas las dos observábamos la luna a través del aljibe de la ventana, cuyo reflejo y belleza parecía salido de un poema de García Lorca. “Sobre el rostro del aljibe se mecía la gitana. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verde rama…”

marruecos - un viaje a las profundidades del alma - c. uribe
Probablemente la peor foto del viaje, que no refleja la luna llena

Un hombre mayor, de unos cincuenta años, alto y con  gran barriga nos indicó que le siguiéramos a la cocina para negociar precios. Nos dijo que podíamos dejar las mochilas allí, cenar, y salir de ruta con los dromedarios y guías, y que todo aquello nos costaría unos  setenta euros por persona. Regateamos como buen español de sangre árabe, y cuando sacamos la caja de veinticuatro preservativos, la cara de Hischam enrojeció y decidió dejarnos a solas a negociar con aquel hombre. El hombre lo pensó. Cogió la caja. La volvió a dejar en la encimera. Añadimos un paquete de bolígrafos rojos, negros y azules. Finalmente lo cogió todo, salió de la habitación y regresó al par de minutos con una contraoferta: sesenta euros por las dos y él se quedaba con la caja y los bolígrafos. Aceptamos encantadas.

Antes de salir nos sirvieron la cena. Un festival de ensaladas, aceitunas, alcaparras y panes dignos del más delicado paladar.

Poco después dejamos nuestras mochilas en una pequeña habitación privada con dos camas y ducha, cumplimos con banalidades corporales y nos pusimos en marcha.

Montando en dromedario - Elena y yo- un viaje a las profundidades del alma - narrada por Alfonso Sales
Montando en dromedario – Elena y yo

Los dromedarios son bestias dóciles e inteligentes. Tan buenos compañeros como lo son los caballos.  Hischam, Abdul II -uno de los guías que hablaba español-, su compañero, una pareja francesa, cuatro dromedarios, Elena y yo, éramos la partida que se dirigía en batida bajo la mirada maternal de la luna hacia las entrañas del desierto de Merzouga. Abdul II, que así le llamábamos para diferenciarlo del compañero que se había quedado atrás en Oaurzazate, Hischam y el otro guía iban a pie. La pareja francesa no terminaba de acostumbrarse a ir sobre los dromedarios, y terminaron haciendo casi todo el camino a pie. Elena como siempre, gastaba bromas y cantaba. Uno de los muchos recuerdos que me llevaría de aquella magnífica noche, fue la inspirada canción de Elena, que en aquel momento entonó:

“Después de una duna otra duna. Después de una duna otra duna. Después de una duna otra duna. Igual que la anterior. Igual que la anterior. Igual que la anterior.” Usando la famosa canción de cumpleaños ‘es un muchacho excelente’ como ritmo.

Montar en dromedario supuso una experiencia nueva y excitante. Aunque en cierto modo era como montar a caballo, solo que con más vaivenes, no sé si por la joroba o por la subida y bajada de aquellas laderas de arena. Obviamente mi bestia había caminado aquellos desiertos de plata cientos de veces, y conocía las dunas cambiantes y las tormentas de savia, y sabía batallar aquellas inclemencias con una perseverancia e instinto de supervivencia que yo jamás poseería. Me relajé, y dejé que el animal llevara su carga, meciéndola aún lado y a otro con el vaivén de sus patas. Un tic-tac monótono y constante que marcaba el paso del tiempo en el sueño que era aquella gloriosa noche. Tic-tac. La luna brillaba majestuosa, reina entre todas las estrellas menores que se divisaban hasta donde la vista se confundía con el firmamento. La pálida dama reflejaba su esplendor en las arenas del Merzouga, haciendo que éste resplandeciera como la plata. Alguna palmera solitaria se dibujaba en el horizonte. De vez en cuando, al bajar una duna, nos encontrábamos con un burro o un gato, solitarios deambulantes de la noche, buscando un lugar en el que refugiarse. Los gatos se acercaban a las jaimas, y muchas veces pasaban la noche dentro, huyendo cuando despertaban sus moradores. Poco a poco empezó a levantarse un viento fresco del Oeste. Elena y yo nos habíamos amoldado tanto a la cultura, que nos pareció lo más normal del mundo cubrirnos los rostros con una porción de los Shash, o turbantes, que habíamos comprado en Marrakech. Los nuestros eran obviamente hechos para los turistas. Pero en este caso hicieron un magnífico trabajo que era protegernos de la arena del desierto. Los que llevaban los bereberes eran diferentes. Amplios turbantes blancos de casi diez metros de largo. Aquella tradición era necesaria en el desierto. Hischam, Abdul y Abdul II ya nos habían contado muchos de los usos que los berebere hacían de los Shash. Te podían proteger de la savia del desierto, abrigarte en la noche, puesto que las temperaturas pueden bajar de forma brusca varios grados, o incluso servir de alforja donde transportar elementos tan esenciales como el agua o la comida. Los franceses parecían tener más dificultades con el desierto. Eran poco sociables, y se fueron a dormir nada más llegar al campamento.

Yo montaba embelesada en aquella noche mágica. Me perdía en el horizonte de estrellas y constelaciones. Apenas si podía nombrar un puñado de todos aquellos cientos de astros, nubes de polvos y constelaciones más allá de los cielos. El albedo me tenía fascinada. Pensé en cómo era posible que se pudiese calcular con tanta precisión la magnitud con la que brilla una estrella, tan lejana, si allí eran todas majestuosas e iluminaban la bóveda que antaño guió a los primeros exploradores a salir de África, y aún a los bereberes a guiarse por los amplios desiertos. En aquel entonces pensé que tal vez estaba soñando, o en cierto estado de REM. Aquel lugar mágico era sin duda de donde salía el material con el que se fabricaban los sueños. Y soñé. E imagine despierta las miríadas de personas que antaño  caminaron por aquellas arenas. El cruce de culturas e intercambios que los siglos habían traído a aquellas tierras. Imaginé en un suspiro cual película a doble velocidad cómo aquella tierra virgen, casi inexplorada, habría sido tiempo ha un bosque digno de los trópicos, y como los años, los siglos, los milenios, el cambio climático y el roce de las placas tectónicas lo habían convertido en una montaña de polvo y arena, una vasta extensión que parecía no tener fin a cualquier lado que uno mirase el horizonte.

Nuestros guías nos contaron muchas historias sobre el desierto, y como encontrar agua. Si cavas lo suficiente, siempre encuentras agua. De estas cálidas arenas emergieron los primeros homínidos cuando estas aún eran bosques tropicales con grandes lagos y mares en un tiempo anterior a la última era glacial. ¿Cuántos de estos remotos ancestros y sus coetáneos animales formaban parte de estas arenas? ¿Y cuántos otros no eran más que partículas de polvo?

La pareja se fue a dormir al poco de llegar a las jaimas. Nosotras nos quedamos charlando  y tomando vino, fumando sishas y haciendo juegos de manos con los chicos alrededor de la mesa. Poco después, corríamos todos por las dunas haciendo carreras, jugando a deslizarnos desde la parte superior hasta abajo. Nuestros gritos y risas eran las únicas voces a cientos de kilómetros alrededor, y cuando nos callábamos, el silencio de la noche era tan solo interrumpido por el canto de algún grillo perdido. Poco antes de la hora fría que precede al alba nos fuimos a dormir.

los juegos del desierto - elena - elemi fuentes - marruecos, un viaje a las profundidades del alama c.uribe
los juegos del desierto

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:



Categories: Historias Cortas, Marruecos, Personal Section, Short Stories

Tags: , , , , , , ,

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: