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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (9/14)

Día 4: Oasis de Fint

Habíamos quedado al día siguiente sobre las nueve de la mañana para ir con Hischam y Abdul a pasar el día en el Oasis du Fint. Sonó la alarma. La apagamos. Y si el posadero quiso despertarnos porque teníamos visita le ignoramos. Dormimos hasta el mediodía. Nos duchamos, y desayunamos tranquilamente en la terraza de una cafetería con el sol primaveral de aquel hermoso diciembre calentando nuestras mejillas. Al poco nos reunimos con nuestros amigos. Compramos en la tienda local galletas y algo de comida para hacer un picnic, así como un par de botellas de un licor transparente similar al palinka húngaro pero con menos grados y más suave al gusto.

Pronto dejamos las carreteras y la civilización y condujimos por senderos polvorientos y caminos ocres y rojizos cantando alegremente el ‘waka, waka’ de Shakira. El camino se nos hizo bastante corto, puesto que todos tratábamos de charlar y comunicarnos en un potpurrí de todos los idiomas que sabíamos: español, francés, inglés e italiano. Es sorprendente cuando uno realmente quiere compartir  un momento, una vida, una charla con alguien de otra cultura, el lenguaje nos es barrera cuando una sonrisa, un apretón de manos o un abrazo expresan mucho más de lo que cualquier palabra jamás pudiera.

Aparte de lo que hubiera podido leer, yo nunca había estado en un oasis. No sabía que esperar. Supongo que tenía una visión al más puro estilo García-Márquez, en donde un pequeño lago rodeado de palmeras se abría en mitad de un desierto de arena fina y blanca. Pero estaba equivocada. Y mucho. Finalmente llegamos. Tendimos una manta grande y aparcamos la comida y la sisha en una explanada de roca volcánica oscura, casi negra, con cavidades porosas de donde de vez en cuando salía algún escarabajo o grillo. Las vistas eran impresionantes. Desde la explanada de nuestra montaña divisamos, en el horizonte, un pequeño riachuelo que dividía el mundo entre un lugar de tierras áridas e inhóspitas y un mundo verde de vegetación palmeral y plantas típicas de tierras áridas: matorrales, tomillos, cactus… Al fondo una casa aquí y allá de adobe y paja contrastaba con los colores, y de vez en cuando una oveja invisible balaba en la lejanía. Comimos, charlamos, fumamos, y sobre todo preguntamos todo lo que alguna vez quisimos saber sobre la cultura árabe y la marroquí en particular. Los chicos nos contaron todo lo que sabían de su historia, incluido todo sobre las cinco grandes tribus nómadas: los Bereber, los Tuareg, los Rifeños, los Tashelhit y los Tamazight. Hischam llevaba un pequeño colgante de plata que simbolizaba las cinco grandes tribus.

El sol ardía en el firmamento, y poco a poco el celeste lucero se movía a través de la bóveda, cambiando sus colores amarillos por naranjas y granates, en lo que sería una de las puestas de sol más espectaculares que jamás pude presenciar. Poco antes de la caída de la noche, y ya con el sol despidiéndose en el firmamento y la temperatura bajando, decidimos volver a pasar la noche en casa de los chicos.

Oasis du fint - marruecos - un viaje a las profundidades del alma - elemii fuentes - - Hischam-c. uribe
Hischam

Al llegar nos encontramos en el piso con una pareja de la República Checa, Pavlina, y su compañero, al que pasamos a conocer como Caimán. Resultó ser que, incluso no teniendo nada, los cuatro muros que eran aquel pequeño apartamento eran más que refugio suficiente para amigos y viajeros; y tanto Hischam como Abdul, estaban registrados en websites al estilo de ‘couchsurfing.com’, en donde viajeros del mundo se inscriben y comparten su sofá o habitación o cama con extraños, con la promesa de que si algún día uno va de viaje a ese  país, puede pasar una noche bajo techo con las mismas condiciones. La generosidad de corazón de aquellos muchachos, y en general la de la gente de Marruecos, que aun no teniendo nada, eran los primeros en ofrecer todo para ayudar a cualquier desconocido a tener una vida mejor, nunca dejaba de sorprenderme; y si acaso me enseñó lecciones morales que solo de pasada  teorizábamos alguna vez en las clases de ética del instituto. La generosidad de aquellas gentes, junto con su amabilidad y la tranquilidad con la que se vivía en aquellos lugares fueron algunas de las causas que me enamoraron del país e hicieron que casi dejase mi vida detrás y fuera a compartir mis días con la gente del desierto. Casi.

Elena, pavlina, caiman - elemi fuentes -c. uribe - marruecos un viaje a las profundidades del alma

Caimán charlaba alegremente, pero Pavlina… ella era un encanto de chica, simpática, graciosa, y con un repertorio de idiomas que dejaba mis conocimientos de inglés por los suelos. Era un pozo de sabiduría con una sonrisa preciosa y unos ojos maravillosos que reflejaban la pureza y serenidad de su alma. Caimán… era diferente. No era picardía lo que veía en su interior, sino tal vez algo oscuro o perverso que no pude bien definir. Para mis adentros pensé que una chica como ella merecía un hombre que la quisiera y la elevase por encima de cualquier pedestal. No era que él la tratase mal ni mucho menos, simplemente eran almas destinadas a andar por diferentes senderos en la vida.

Yo estaba cautivada con Hischam y su dulce sonrisa, y si bien pasé la noche charlando con Pavlina y los chavales, Elena y él se perdieron en otros menesteres…

Aquella noche todos dormimos en el suelo del salón, entre jarapas y sacos de dormir. La pareja checa, las dos españolas y nuestros anfitriones marroquíes.

 

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Marruecos un viaje a las profundidades del alma _C. Uribe - Elemi Fuentes

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