El bromista de Einstein

Antes de ser el físico y matemático más valorado de todos los tiempos, su genio comparado con el de Isaac Newton; Einstein fue un estudiante infravalorado por sus profesores. Nunca se ataba los cordones, ni se molestaba en qué ropa ponerse, simplemente cogía algo al azar del armario. Y era por esto y otras de sus excentricidades, que sus maestros creían que él nunca llegaría a nada en la vida.

A sus veintipocos, Einstein trabajaba en la oficina de patentes de Zurich, un trabajo del cual él era devoto pues consideraba que sus mejores ideas surgieron mientras revisaba los diseños de grandes genios. Después de su jornada de ocho horas, dedicaba otras tantas a su gran pasión: descifrar los misterios del universo. En mil novecientos cinco, publicó dos trabajos de investigación que lo convertirían en el hombre más popular de su tiempo: la teoría de la relatividad, y la teoría sobre el efecto fotoeléctrico. Por esta segunda teoría recibió el premio Nobel de física en mil novecientos veintidós.

El personaje de Einstein saltó a la fama mundial, y su nombre pasó a ser tan conocido como la marca de Conguitos. Dejó su trabajo en la oficina de patentes y se fue a dar clases como profesor asociado en la universidad de Zurich. En aquel entonces su intelecto era sumamente valorado por todas las universidades del mundo, y estas continuamente lo llamaban para que él fuera a dar conferencias.

Siendo un tipo afable y campechano, Einstein siempre usaba el mismo chófer para que lo llevara de un lugar a otro a dar sus conferencias. Durante las largas horas de viaje, ambos se entretenían contando historias de su juventud, y quiso el azar que de tal compañía surgiera una bonita amistad. Además de esto, y lo que son las casualidades de la vida, el semblante del conductor tenía bastante parecido con el del famoso físico. Y cuando llegaban al lugar de conferencias, éste siempre se quedaba de pie al fondo de la sala, escuchando el discurso de su amigo Einstein.

Pasados unos meses, y sabiendo que a Einstein le gustaban las bromas, el conductor le propuso a su amigo que se intercambiaran los papeles, él se vestiría de Einstein, y daría la charla en su lugar, puesto que de tantas veces que había asistido a sus conferencias ya las había memorizado. A Einstein le encantó la idea y aceptó con mucho gusto. Y así fue como un día de Abril, se vistió de chófer y condujo a su amigo hasta la puerta de la universidad de Viena. Nadie notó la diferencia. Y pronto, después de las introducciones, el conductor comenzó a explicar la teoría del efecto fotoeléctrico a profesores y alumnos mientras Einstein sonreía divertido desde el fondo de la sala. Al acabar la charla, comenzaron con una ronda de preguntas y respuestas, y el conductor, sin problema, contestaba a todas las cuestiones que le hacían de la misma forma en la que había visto hacer a Einstein cientos de veces. Todo transcurría sin incidentes hasta que alguien, desde el fondo de la sala, le preguntó en voz alta:

-¿Pero dígame, profesor, cuales son las aplicaciones prácticas del efecto fotoeléctrico?

El conductor no sabía la respuesta. Sin embargo, mirando a su interlocutor y sonriendo ampliamente le contestó:

-Amigo, esa pregunta es tan sumamente simple, tan, tan básica, que voy a dejar que mi chófer se la responda.

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:



Categories: Historias Cortas, Personal Section, Short Stories

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