Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

Dia 7: El Ksar de Aït Benhaddou

Elena y yo queríamos ir a Essaouira, pero aquel día era el cumpleaños de Abdul, quien nos pidió que nos quedáramos a pasar el día. Como buenas viajeras dejamos que el destino decidiera por nosotras. Elena sacó una moneda y la echó al aire. Cara, dijo, y nos quedamos. Cruz, y nos vamos a Essaouira. Los chicos nos miraron sorprendidos, imagino porque normalmente los viajeros que hasta entonces habían conocido preparaban hasta el último detalle de sus trayectos, mientras que nosotras éramos mucho más abiertas en cuanto a qué camino tomar. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

Elena, Hischam y Abdul

Los muchachos decidieron llevarnos a visitar la ciudad o ksar de Aït Benhaddou, un lugar fabuloso declarado patrimonio cultural de la humanidad por UNESCO.  El ksar era una fortaleza de Kasbash de época medieval situada junto al valle de Souss-Massa-Draa, y  rodeada por el rio Ounilla. Nos contaron nuestros amigos que hacía varios siglos, la fortaleza pertenecía a una familia de cuatro reyes hermanos, y que cada uno habitaba una de las fortalezas de adobe, mientras que los sirvientes se alojaban en las pequeñas construcciones que encontramos por entre el laberinto de callejuelas. A día de hoy, nadie vivía allí, a excepción de ocho familias, que se encargaban tanto de mantener el lugar limpio y en condiciones, incluidos los cuartos de baño para los turistas, así como de un par de pequeños negocios de sortijas y abalorios, y un diminuto bar donde poder comer.

Paseamos tranquilamente por entre las callejuelas y laberintos del ksar, parando aquí y allá a admirar las vistas y el paisaje a nuestro alrededor. Como nosotras, había decenas de turistas haciendo fotos, todos, al parecer, con demasiada prisa por llegar a la cima. Antes de subir, yo decidí que urgentemente necesitaba orinar, y como no vimos aseos, Elena y yo nos separamos unos minutos de nuestros compañeros para buscar un lugar recluido donde poder vaciar la vejiga. Finalmente encontré un pequeño pasadizo, y con Elena en la calle como guarda, me bajé los pantalones y allí dejé que la naturaleza siguiera su curso. Mi sorpresa fue increíble cuando al levantar la vista, y a mitad de chorro, en ese momento en el que uno no puede parar lo que está haciendo y subirse los pantalones, me encontré cara a cara, a menos de un palmo de mi fez, con el rostro de un burro que parecía sonreía ante mi apuro. La bestia ni siquiera se inmuto por mi presencia. Nos fuimos de allí riendo a carcajadas.

Finalmente llegamos a la cima de la ciudadela. Nos encontramos con una construcción de piedra circular, con el acceso cerrado a los turistas. Allí nos sentamos los cuatro en silencio, admirando la belleza que se desplegaba bajo nuestros pies. Al este, el rio Ounilla dibujaba un sendero que separaba Nuevo Oaurzazate cual oasis de ocres y amarillos, con palmeras desperdigadas aquí y allá formando un pintoresco lienzo.  Al oeste, y hasta donde alcanzaba la vista, una vasta llanura roja y amarilla formaba las tierras que separaban  Souss-Massa-Draa de la vecina región. Y al fondo, aún más lejos, donde la vista se confundía con el horizonte, allí, majestuoso e imponente divisábamos el pico Toukbal con sus decenas de cordilleras y cubierto de nieve en aquel hermoso y cálido día de Diciembre.

Al tiempo, cuánto, no sabría decirlo, se levantó suavemente una brisa del Oeste que llevaba consigo las arenas de aquellos lugares, y los restos de fósiles moradores de tiempos remotos y lejanos. Nos abrazamos los cuatro. Y aún nos quedamos un tiempo más hasta que la brisa se convirtió en tormenta de arena y decimos que era tiempo de marchar.

Cominos de nuevo en casa de amigos de nuestros compañeros, cómo no, pollo al Tagine, y con las manos. Nos despedimos agradecidas, y volvimos de nuevo al Jeep a cantar y a emprender el camino al museo del cine de Oaurzazate. Allí, en la puerta del desierto, hicimos un recorrido histórico sobre las ruinas de las más famosas películas del cine de Hollywood.

Pasamos la noche de nuevo con ellos, entre juegos de palabras y juegos de manos, y un sin fin de chistes, canciones e intercambio de culturas. Nos acostamos temprano, pues ambas sabíamos que el viaje de vuelta prometía ser largo y pesado.

Fecha de publicación: 2014

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:



Categories: Historias Cortas, Marruecos, Personal Section, Short Stories

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