Una historia de pavos

Había una vez un campesino pobre que todas las mañanas se levantaba con el sol y se iba a labrar sus tierras. Siendo pobre, el campesino era un hombre feliz, pues tenía una mujer que lo quería, una pequeña cabaña en la que refugiase de noche y no dormir a la intemperie, y siempre un plato de comida sobre la mesa. El campesino no necesitaba más.

Una mañana como cualquier otra, se dirigía el buen hombre a labrar sus tierras, cuando, a un lado del camino, se encontró un huevo muy grande. Él, que tenía todo tipo de aves de corral en su granja, nunca había visto un huevo de semejante tamaño. Así que decidió recogerlo y llevarlo a su casa.

Por la noche, después de cenar y ya sentados él y su mujer junto al fuego, le mostró a ésta el huevo que había encontrado aquella mañana.

-Tal vez es un huevo de avestruz – dijo la mujer.

-No lo creo – le contestó el hombre. Es demasiado grande y abultado.

-¿Y si lo rompemos para ver lo que hay dentro?

-Podríamos. Pero sería una lástima perder una curiosidad así solo para ver que hay dentro.

En silencio se quedó un tiempo el matrimonio, cavilando junto al calor del hogar, pensando en qué hacer con aquel hermoso y extraño huevo.

-Tengo una idea – dijo por fin la mujer. La pava está empollando. Coloquemos allí el huevo, quizás con el tiempo, nazca algo de él.

Dicho y hecho. Fueron y colocaron el huevo junto a los otros que tenía la pava, y se olvidaron del asunto.

Pasaron casi dos meses desde que dejaran el huevo con la pava. Una soleada mañana de noviembre sucedió algo extraordinario: de aquel huevo gigante, nació un pavito muy grande, mucho más grande que sus hermanos. Tenía plumas grises y blancas, en vez de los colores de sus hermanos. Era nervioso y travieso, y enseguida que nació se comió todo el alimento que encontró a su alrededor. Después, ya satisfecho, miró a su madre y le dijo:

-Vamos a volar.

La pava se sorprendió muchísimo ante la proposición de su cría, y dulcemente le explicó que los pavos no volaban.

-No comas tan deprisa, hijo. Creo que te sienta mal.

Así que al día siguiente, la madre trató de que el pavito comiera más despacio, alimento de más calidad y en la medida justa. Pero una vez más, después de terminar su comida, el pavito miró alrededor a sus hermanos y les dijo de nuevo de salir a volar.

-¡Los pavos no vuelan, muchacho! – le contestaron sus hermanos.

Pasaban los días, y el pavito siempre les decía a sus hermanos y a su mamá de salir a volar. Y éstos siempre le respondían lo mismo, que los pavos no volaban, y que él tenía que concentrarse más en comer y quitarse tanta tontería de la cabeza. A su madre a veces le preocupaba el estado mental de su hijo. Tal vez tenía algún problema mental.
Con el tiempo, el pavito empezó a hablar más de comer y menos de volar. Hasta que llegó el día en el que ni siquiera lo mencionó. La mamá del pavito estaba contenta. Tal vez su hijo no tenía ningún problema, y aquello de volar era una tontería pasajera, típica de niños.

Pasaron los días, las semanas, y finalmente los años. Y el pavito creció y creció y se convirtió en adulto, y, finalmente, en viejo. Llegó un día, como nos llegará a todos, en el que el pavito murió en el corral. Murió sin haber logrado volar jamás; pues él era un cóndor. ¡Había nacido para volar a más de siete mil metros de altura!

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:



Categories: Historias Cortas, Personal Section, Short Stories

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