El coche y la silla

A Ramón le gustaba mucho el dinero y estar a la moda. Tenía todos los modelos de iPhone, así como tabletas electrónicas, relojes digitales, ropas de marca, y en fin, todo lo que se le antojara. Tan solo tenía que ir a la tienda, elegir algo, y pasar por la ranura la tarjeta de crédito que le había dado su padre. Como era de esperar, Ramón provenía de una familia adinerada en la que nunca tuvieron problema para satisfacer todos sus caprichos. A los dieciocho años, sus padres lo mandaron a estudiar economía y finanzas a una prestigiosa universidad de Nueva York. A los treinta, Ramón era un exitoso corredor de bolsa.

Una tarde de Diciembre, en la oficina, Ramón recibió una llamada de su jefe para que lo viera en su despacho. No le preocupó, pues sabía que su trabajo estaba asegurado gracias a las conexiones que su familia tenía con la firma. Treinta minutos después, Ramón acudía a la cita con su jefe. Éste le estrechó la mano, le sonrió, y le congratuló por el buen trabajo que estaba realizando aquel año. Desde luego, los ingresos de la empresa habían aumentado considerablemente gracias a la picardía con la que él realizaba sus negocios. Tanto así, que aquel año, la prima por el rendimiento en su trabajo era de las más altas de la empresa. Su jefe deslizó un sobre blanco sobre la mesa. Al abrirlo, Ramón se encontró un cheque por valor de doscientos cincuenta mil dólares.

A la mañana siguiente, Ramón se levantó temprano. Apenas si pudo dormir la noche anterior, pensando en qué se iba a gastar aquel dinero. A las siete y media de la mañana se encontraba ya en la puerta de uno de los concesionarios de Porche, habiendo telefoneado el día anterior para confirmar su cita y posible compra. Una hora y media después, salía de allí velozmente en su nuevo auto modelo 911 Turbo S Cabriolet, de flamante color rojo.

Cuando salió de la tienda, Ramón ya llegaba media hora tarde al trabajo. Pero como él siempre era puntual, y después de aquel fantástico bono, sabía que su jefe entendería el retraso. Aun así, el conducía muy veloz con su auto por las calles de la ciudad, no quería llegar demasiado tarde. Decidió que, fuera de su rutina, esta vez sería conveniente acortar su trayecto conduciendo por uno de los barrios más pobres de la ciudad. La idea no le entusiasmaba demasiado, pero estaba seguro de que nada podría pasarle por allí, puesto que si alguien se le acercaba en algún semáforo simplemente saldría de allí muy rápidamente, quemando rueda y dejando tras de sí un rastro de humo negro y dióxido de carbono.

Conducía Ramón velozmente y despreocupado, feliz con su nueva compra y pensando en todas las chicas con las que podría coquetear debido a su nuevo coche. Y de pronto sucedió algo inesperado. Al pasar por debajo un puente, algo cayó en la luna frontal de su vehículo, rompiendo el cristal en varios pedazos; con la buena suerte que el conductor no sufrió daño ningunos Ramón dio un volantazo brusco, y derrapando hizo medio circulo en la calle hasta que el coche se detuvo a un lado de la calzada. Entonces se dio cuenta de que lo que le había causado el accidente era medio ladrillo que alguien le había tirado a propósito. Estaba furioso. Salió del coche maldiciendo y se dirigió hacia el lugar de donde provenía aquel ladrillo. Quien fuera el niñato que se había atrevido a hacer semejante destrozo a un Porche tan caro como el suyo se las iba a ver con él.

Al llegar al lugar sobre el puente, se encontró un niño pequeño, de unos siete años, que caminaba lentamente hacia él. Iba sucio, vestido con ropas rotas, y tenía la cara llena de mocos pues no paraba de llorar. Al verlo, Ramón comenzó a gritarle y a insultarle, a la vez que le preguntaba a voces por qué había hecho aquel destrozo. Entre sollozos, el niño finalmente le contestó:

-Discúlpeme señor – le decía el niño entre llantos. Mi hermano mayor se cayó hace más de una hora de la silla de ruedas. Y yo solo no puedo levantarlo. Nadie quiso parar a ayudarnos.

En aquel momento a Ramón se le hizo un nudo en la garganta; y en silencio, caminó detrás del muchacho hasta llegar hasta al lugar donde se había quedado el hermano. Éste parecía tener unos doce años. Ramón lo ayudó a incorporarse a la silla. Lo examinó y comprobó que el chico estaba bien, tan solo tenía arañazos leves en las rodillas. Les dijo adiós.

Lentamente, con la cabeza agachada y lágrimas en los ojos se dirigió hacia su coche…pensando.

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:



Categories: Historias Cortas, Personal Section, Short Stories

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3 replies

  1. Pues me alegro de corazón.
    Un abrazo⚘

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  2. Qué mal repartida está la vida…
    Unos tanto y pitos tan poco, al menos le ayudó.
    Genial tu historia Elemi.
    Un abrazo⚘

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