El valor del tiempo

El señor García era uno de los directores ejecutivos de una de las mayores empresas petroleras de España. El hombre trabajaba muy duro. Se levantaba temprano cada mañana, y a las siete y media ya estaba en la oficina, dando órdenes a sus subordinados, haciendo llamadas telefónicas, y enviando un sinfín de correos electrónicos y faxes. Terminaba el día cansado y estresado, y siempre llegaba a casa sobre las nueve de la noche. El señor García tenía una mujer que lo amaba mucho, y un hijo pequeño de cuatro años, Luis, que siempre quería jugar con él. El señor García trabajaba de Lunes a Domingo, sin descanso ninguno, puesto que él ocupaba un puesto muy importante en su empresa, y la gran mayoría de las decisiones importantes tenían que ser aprobadas por la junta directiva, de la que él era miembro.

Cada mañana, su hijo Luis se levantaba temprano con su papá, para darle un beso antes de que se marchara al trabajo. Siempre intentaba que su papá jugara con él, o que se sentase a tomar el desayuno juntos. Pero el señor García siempre estaba muy ocupado, y siempre andaba con mucha prisa, y nunca tenía tiempo para pasar junto a su hijo o su mujer.

Por las noches, cuando llegaba a casa, su hijo, ya con el pijama puesto, salía corriendo a la muerta y se echaba en sus brazos, lo echaba de menos. Siempre quería que su papá le leyera un cuento antes de irse a dormir. Pero el señor García llegaba a casa siempre con mucho estrés, con ganas de ducharse, cenar, y relajarse junto a la chimenea sorbiendo una copa de coñac para olvidarse de todos los problemas del día.

Un noche como todas, llegó a casa el señor García. Ya era de noche. De nuevo salió el pequeño Luis corriendo a sus brazos, pero como siempre, el padre necesitaba estar solo y poder relajarse. Más tarde, cuando el hijo ya dormía, se encontraba el señor García sorbiendo su coñac junto a la chimenea. Entonces apareció Luisito en el umbral de la puerta, y tímidamente se acercó a su papá. El señor García lo miró dulcemente y sonrió.

-¿Qué haces despierto a estas horas? ¿No puedes dormir?

-No papá. Quería hacerte una pregunta.

-Claro hijo, dime.

-Papá, ¿Cuánto ganas en una hora?

-¡Eso no es asunto tuyo! – le contestó el padre enojado. ¿Por qué me preguntas esas cosas?

-Solo quiero saberlo, papi. Dímelo, por favor.

-Mira, eso ni te va ni te viene. Pero te lo diré. Yo gano alrededor de cincuenta euros la hora.

-¡Oh! –contestó el niño, cabizbajo y triste.

-Si la única razón por la que me has preguntado eso es para pedirme dinero para comprar un juguete, entonces, vete a tu cuarto y piensa en lo egoísta que estás siendo. Yo trabajo muy duro y muchas horas todos los días para poner comida en la mesa. Anda, vete a tu cuarto, acuéstate, y piensa en lo que estás haciendo.

El niño salió de allí con la cabeza gacha, sin decir palabra. Y se fue a su habitación a dormir. El padre, mientras tanto, se quedó pensativo junto al fuego. ¿Por qué me preguntó semejante cosa el niño? Desde luego Luisito no debería tener esas cosas en la cabeza. Bueno, vamos a dejarlo estar y seguro que mañana se le habrá pasado la tontería.

Y efectivamente, al día siguiente no hubo más mención sobre el sueldo del padre. Así que el señor García no le dio más importancia y se fue a trabajar como todas las mañanas.

Pasaron dos semanas sin mención alguna del incidente, y el señor García ya había olvidado el asunto. Pero aquella noche, de nuevo, apareció el pequeño Luis en el umbral de la puerta. Se le acercó al padre, y tímidamente le dijo:

-Papi, ¿me puedes prestar diez euros?

-¡Ah! Así que por eso me preguntaste cuánto ganaba el otro día, ¿para poder pedirme dinero? Ya te dije que la economía no está para despilfarros, y aún quedan varios meses para tu cumpleaños. Si quieres un juguete, tendrás que ser paciente y esperarte un poco.

Luisito no dijo nada más. Se dio la vuelta y se fue a la habitación. El padre, de nuevo, se quedó pensando y sorbiendo su copa de coñac. Pasados unos minutos, decidió ir a ver al niño.

-Luisito, ¿estás despierto?

-Si, papi. – le contestó.

-A lo mejor he sido un poco brusco contigo. Trabajo mucho y siempre tengo mucho estrés. Y lo he pagado contigo. Lo siento. Mira, aquí tienes los diez euros que me pediste.

El pequeño se sentó en la cama sonriendo.

-¡Muchas gracias, papá!

Entonces, buscando debajo de la almohada, el niño sacó varios billetes más, y muy despacito, se puso a contarlos. El señor García, viendo que su hijo ya tenía dinero, empezó a enfadarse de nuevo.

-¿Por qué me pides más dinero si ya tienes? – le dijo, refunfuñando.

Porque no tenía bastante, papi. Pero ahora ya sí. – le dijo Luisito sonriente. Mira, he ahorrado cincuenta euros. Tómalos, son para ti. ¿Puedo comprar una hora de tu tiempo? Me gustaría que vinieras temprano mañana del trabajo, cenaras conmigo y me leyeras una historia antes de dormir

 

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Cuentos cortos para tardes de lluvia vol. 3 C. Uribe



Categories: Historias Cortas, Personal Section, Short Stories

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