Una ocasión especial

Fernando, Marta y yo, nos conocimos en el primer año de EGB. Éramos como los tres mosqueteros, siempre inseparables, riendo y gastando bromas a profesores y compañeros de clase. Crecimos juntos, y ellos siempre fueron mis mejores amigos y confidentes. Y cuando llegamos a la universidad, los tres decidimos estudiar historia y arqueología, pues, de niños, nos apasionaban las películas de Indiana Jones, y esa pasión siguió con nosotros durante la adolescencia y los primeros pasos en la vida adulta.

Estando en la universidad, me di cuenta de que Marta y Fernando empezaron a querer pasar más tiempo solos. Y es que, aunque a ellos les costó más o no quisieron darse cuenta, yo enseguida noté que el cariño que nos teníamos se había convertido, entre ellos dos, en un amor especial; basado en la confianza, el respeto, y sobre todo, en el entendimiento. Claro está que todos habíamos tenido algún ligue esporádico en nuestros años de juventud, pero lo de Marta y Fernando era diferente. Al principio me puse un poco celoso, es cierto. Y no fue porque me gustase Marta, ni mucho menos, sino porque de pronto mis dos mejores amigos pasaban tiempo sin mí, y creaban recuerdos e historias y momentos para la posteridad; y yo no estaba allí para poder compartirlos.

Sin embargo, los celos se me pasaron pronto, y seguíamos los tres, como siempre, juntos, de tapas, estudiando, y también compartiendo piso, pues al ser estudiantes, nuestra economía no daba para mucho. Marta y Fernando empezaron una relación, y yo me alegré mucho por ellos. Para el tercer año de carrera, ya estaban prometidos. Se casarían al acabar la carrera, me dijeron. Y como no, yo sería el caballero de honor de ambos, y por supuesto, el padrino si alguna vez decidían tener hijos.

Acabamos la carrera, y un par de meses después, llegó el día de la boda. Creo que yo estaba más emocionado que ellos, al ver a mis dos mejores amigos juntos, celebrando su amor, unidos para siempre en matrimonio.

De viaje de bodas, ellos decidieron ir a pasar unos días a Nueva York; ver la famosa Gran Manzana, el Central Park, la estatua de la Libertad, y todos los demás monumentos y museos de los que siempre se habla en las películas.

A su regreso, se fueron juntos a vivir a un piso, como era normal. Y yo, aunque seguía siendo el mejor amigo de ellos dos, por, me fui a vivir también por mi cuenta.

Pasaron los meses, y poco a poco los años. Sin darnos cuenta nos convertimos en adultos, con nuestras vidas y trabajos y profesiones. Pero aun así seguíamos unidos. Nos veíamos casi a diario, y cuando no era posible, quedábamos para cenar los fines de semana y contarnos las aventuras y anécdotas de la semana, que, siendo profesores, siempre eran muchas y muy variadas.

Cuando quisimos darnos cuenta, ya habían pasado quince años desde la boda de mis amigos. Lo celebramos entre familiares cercanos y amigos con una cena tranquila, copas y risas, y charlas y anécdotas de épocas pasadas. Al final de la noche, Marta nos dijo algo que cambiaría nuestras vidas para siempre: tenía cáncer de pulmón. Y aunque había empezado con las dosis de radioterapia, quimioterapia y todo tipo de medicamentos, las esperanzas de vida eran pocas, puesto que el cáncer había hecho metástasis en gran parte del pulmón, y poco a poco se iba extendiendo al resto del cuerpo. Con suerte, estaría viva un año más, quizás dos, si algún tratamiento funcionaba. Aquello me dejó helado. No sabía qué hacer ni qué decir; tan solo pude ofrecerles mis simpatías y mi apoyo en todo aquello que necesitaran.

Fueron pasando los días, y testigo diario, vi como mi mejor amiga se desvanecía poco a poco. Al final, estaba ya tan débil, que ni podía levantarse de la cama y pasaba gran parte del tiempo durmiendo, y con fuertes dolores cuando despertaba. Pero ella siempre sonreía, y le daba ánimos a su marido y a mí, para que no nos preocupáramos y siguiéramos adelante con nuestras vidas cuando ella se marchara.

Una noche sonó el teléfono. Eran las dos de la madrugada. Yo no podía dormir, y antes de descolgar supe lo que aquella llamada significaba: Marta había muerto.

El día siguiente lo pasé junto a Fernando, dejando que llorara en mi hombro cada vez que lo necesitaba, dándole un abrazo, y forzándolo a comer. Yo también estaba triste, pero el dolor de mi amigo era más profundo y tuve que ser el yo el que tuvo que aparentar ser fuerte para que él no se deprimiera. Estábamos en su casa. Y la peor parte era elegir la ropa que Marta llevaría puesta al día siguiente durante el funeral. Buscando entre los cajones, Fernando sacó un paquetito de tela blanca, con un lazo rojo encima. Lo abrió y con cuidado lo puso sobre la cama.

-Mira –me dijo. Esto no es un simple paquete, es lencería. Marta lo compró en Nueva York, durante nuestro viaje de bodas. Ella me decía que lo guardaba para una ocasión especial. Han pasado ya más de quince años desde que lo compró. Pues bien, creo que esta es la ocasión especial.

Yo no supe qué contestarle. Se me hizo un nudo en la garganta y un par de silenciosas lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Al levantar la visa, vi que mi amigo también lloraba.

 

 

Fecha de publicación: 2015

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales,puedes encontrarla aquí:

Cuentos cortos para tardes de lluvia vol. 3 C. Uribe



Categories: Historias Cortas, Personal Section, Short Stories

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