La historia de Sammy Meyers – Parte 1/6

El Cumpleaños

¡…oh, querida Sammy! Veo que ya te despiertas. Tranquila, no te asustes. No pasa nada. Estamos en el sótano del antiguo hospital, el que está abandonado en la carretera treinta y dos. Estas a salvo. Aquí nadie podrá encontrarnos. Veo el pánico en tus ojos, nena, y me encanta. Pero sé también que no puedes gritar con esa mordaza. ¿Sabes qué es? ¿No lo recuerdas? Ese pañuelo que llevas amordazándote fuertemente la boca es el mismo que te regalé en nuestro primer encuentro.

 Han pasado ya muchos años, pero el recuerdo sigue vivo en mi mente como si fuera ayer. Y en la tuya, espero que en la tuya también. ¡Oh, fue un día tan hermoso! Sí, claro que lo recuerdas…

 Todo empezó el día de tu diecisiete cumpleaños, cuando recibiste mi primera carta. Aunque para mí, la verdad, empezó mucho antes. Ya llevaba observándote un tiempo: sabía quién eras; donde vivías; y como te llamabas. Te vigilaba. Por tu propio bien. Velaba por seguridad. Tuve que cambiar muchos de mis horarios porque tú, pequeñuela, te saltabas siempre la última clase de latín los miércoles a mediodía; y también la de biología de los viernes. Para mí era un suplicio. Lo pasaba fatal viéndote con todos aquellos otros muchachos fumando cigarrillos. Son cosas de la edad, lo sé. Por eso nunca te dije nada. Aún eras una niña. Pero pronto, muy pronto, cumplirías los diecisiete años, y serías mujer. Yo te haría mi mujer. Lo peor era que cada día elegías un sitio diferente para pasar la última hora; y alguna que otra vez os perdía por entre el tráfico y las callejuelas de la ciudad; y mi corazón se aceleraba porque pensaba que te podría haber sucedido algo. Yo solo quería protegerte. Pero al cabo os volvía a encontrar, y mis ojos se llenaban de alegría al ver que seguías viva. Y así pasaban los días, lentamente en mi calendario; aunque en el tuyo los días volaban, y cuando quisiste darte cuenta, ya no eras la niña que usaba calcetines blancos hasta las rodillas; sino que más bien te maquillabas los fines de semana, y en alguna que otra ocasión especial. Como en la boda de tu hermano, ¡qué guapa ibas! Con ese vestido lila contrastando con tus hermosos ojos verdes…

 Finalmente la espera dio su fruto, y llego el día de tu cumpleaños. La noche anterior me revolvía insomne en la cama y no esperé a que despuntara el alba para conducir hasta tu casa y verte amanecer. Como cualquier otra mañana, fuiste fiel a la rutina y te levantaste cinco minutos antes de que sonara el despertador; caminaste hasta a ventana, descorriste las cortinas, y abriste las cristaleras para que te despejara el rocío de la mañana; mostrándome así tu cara ángel. El mensajero de FedEx llegaría con un paquete urgente a las seis y media. Me entretuve observando tu rutina mañanera con los prismáticos ¡Oh, No sabes cuantas veces imaginé que estaba contigo en la ducha enjabonando tu suave y delicada piel!

 Finalmente dieron las seis y media, pero no había ni rastro del mensajero. ¡Jodidos cabrones incompetentes! – maldije-. Con lo que cobran por un envío a estas horas, y no llegan puntuales. Les doy cinco minutos más, si no escribiré una queja formal al departamento de atención al cliente. La furgoneta marrón con tu paquete aparcó frente a tu puerta con tres minutos de retraso. ¡El hijo de puta! Salió sorbiendo su café, y con toda la tranquilidad del mundo sacó tu paquete de la parte de atrás del furgón. Hijo de puta. ¿Acaso no sabía el cabrón que si un cliente hacía un encargo urgente era porque el contenido era importante? Era como para que el corriera. Hoy era el día de mi pequeña; hoy te hacías mujer; y podría finalmente poseerte. El hijo de puta debió haberse dado más prisa… Pero no, no importa eso ahora…, al final se lo expliqué. Le di la lección que se merecía… Pero no, no hablemos de eso ahora. Volvamos a nuestra historia, Sammy.

 Aquel era nuestro momento, ¿lo recuerdas? Era el día de tu madurez que tanto tiempo habíamos estado esperando. Pronto serías mía. Pronto a mi lado. No veía el momento, cara de ángel, de abrazarte y velar por tus sueños todas las noches a tu lado. Oh, ¿te acuerdas, Sammy? Aquellos tiempos… ¡Cuánta nostalgia!

 Pero pequeña, ¿qué te pasa? Estas temblando. ¿Tienes frío? ¡Ah, ya se, es la emoción! Yo también te he echado mucho de menos pequeñuela. Déjame besarte las mejillas. ¡Te quiero tanto, tanto! Lo sabes, ¿verdad? Lo sabes, ¿no, Sammy? Sammy…

 ¡Sammy, contéstame perra! Mírame a los ojos cuando te hable y contéstame, Sammy! Has sido una chica mala. ¿Lo sabes, no? Escapándote tú sola por el mundo. Me costaba mucho encontrarte. A veces incluso meses. ¡Qué mal lo pasaba! Aquello era un sin-vivir. Apenas conseguía dormir, y no pegaba bocado… Pero ya ves, tanto sufrimiento, y aquí estamos. Si es que en el fondo soy un romántico, no puedo evitarlo. Fíjate, después de tantos años, y aún conservo el pañuelo verde que te está amordazando. Siempre lo he pensado Sammy, hace juego con tus ojos.

 Pero aun así, Sammy, con todo lo que te he ofrecido siempre; y tú… ¡Tú te has portado como una zorra desconsiderada, Sammy! Debería castigarte por ello. Y bien sabes que te lo mereces. Tal y como te estoy sujetando la cara ahora, podría apretarte tan fuerte que te destrozaría la mandíbula con una sola mano. Estás a mi merced, pequeña…  Pero no, Sammy, no. En el fondo soy muy generoso y comprensivo. Sé que tan solo eres una jovenzuela de espíritu inquieto. Te gusta la libertad y querías ver mundo. Lo sé, Sammy, lo entiendo. Lo comprendo demasiado bien y por eso nunca te he presionado en todos estos años. Sí que es verdad que me enfadaba cuando desaparecías sin dejarme tu nueva dirección, o al menos decirme a que ciudad te habías ido esta vez; ¡ni siquiera una tarjeta de despedida, Sammy…!

 Pero te comprendo, pequeña, si es que en el fondo soy un buenazo. ¡Y te quiero tanto, tanto! No sabes lo que para mí significa volver a tenerte de nuevo junto a mí: atada de pies y manos, y con esa fantástica mordaza que hace juego con tus ojos y los hace resplandecer aún más hermosos de lo que son.

 Eso mismo pensé el día en que vi el pañuelo de seda verde en el  escaparate de Harrods, que hacía juego con tus ojos. Costaba una fortuna, si te soy sincero, pero te mereces lo mejor. Además, jamás en la vida olvidaré la cara que pusisteis tu madre y tú al recibir el paquete por la mañana: ella cuando abrió la puerta a las seis y treinta y cinco, y perpleja, te llamó a voces por el hueco de la escalera; y tú, aún con el pelo mojado cubierto con una toalla blanca, bajabas a todo correr y firmabas a toda prisa poniendo esa cara de felicidad e incertidumbre que te hace tan especial. ¿Quién sería? Tú no esperabas ningún paquete de nadie, si acaso, de tu abuela, pero ella siempre se aseguraba de poner su dirección en el reverso por si acaso el paquete tenía que ser devuelto. Este paquete era diferente: una simple caja marrón de cuatrocientos seis milímetros cúbicos, desprovista de decorado alguno. Hubiera dado cualquier cosa en aquel momento por ver la expresión de tu cara justo en el momento de  abrirlo. Pero en vez de eso, le guiñaste un ojo a tu madre y subiste corriendo la escalera para abrirlo en la intimidad de tu habitación. Si cerraba los ojos, casi podía ver tus delicados dedos abriendo ansiosamente las solapas de la caja. Dentro, solamente encontrarías un sobre lacrado dirigido simplemente: ‘A Sammy’.

Al abrirlo caería el pañuelo de seda a tu regazo, y al verlo te alegría, porque aquello significaba… bueno, tú ya sabías lo que aquello significaba. La carta en sí era bastante más escueta. Cuánto me hubiera gustado regalarte los oídos con palabras redundantes y biensonantes; pero tú sabes que siempre he sido un poco torpe para esto de las palabras, y quizás sea un poco más brusco a la hora de expresar mis sentimientos. En la carta te daba instrucciones más o menos precisas sobre dónde y a qué hora encontrarnos…

 Como era de esperar, llegaste a la cita con diez minutos de antelación. Eras como la pequeña Blanca Nieves en el bosque de las manzanas. Querías conocer el terreno de antemano para que nada pudiera tomarte por sorpresa. Sin embargo, yo era la bruja malvada del cuento, que llegó con dos horas de antelación para envenenar todas las manazas de los árboles. Técnicamente hablando, no había manzanas que envenenar, pero sí ciertos preparativos que llevar a cabo para hacer de nuestro primer encuentro una noche inolvidable…

 Cuando por fin escuche tus pasos crujir bajo la madera del embarcadero mi corazón se disparó. Me sentía como un felino acechando a su presa y dispuesto a atacar. Pero no, pequeña, a ti no podría hacerte daño. Eso lo sabes. Sabes que siempre he tenido las mejores intenciones contigo.

 Te ibas acercando lentamente, y pronto tendrías que caminar a través del punto más oscuro del muelle. Nosotros habíamos quedado unos metros más allá, debajo del puente Orsen. Una vez que llegases allí, tendría más o menos un minuto para ejecutar la operación sin llamar la atención No podía fallar. No debía fallar. Te lo debía.

 Estabas tan cerca que podía oler tu perfume. Pude ver que llevabas el pañuelo colocado alrededor del cuello, tal y como te pedía en mi carta. Me llenó de orgullo que fueras una chica tan obediente y devota. Serías una buena mujer.  Yo me escondía detrás de unas cajas de madera, donde, debido al color de mi ropa, me camuflaba bastante bien. Gracias a Dios que era una noche muy oscura, si no tal vez el reflejo de la luna en las redes de pescar me hubiera delatado. Ya estabas ahí. Tenía que actuar.

 Sigilosamente me acerque por detrás tuyo y te rodeé el cuello con mi antebrazo mientras que muy rápidamente con la mano que tenía libre te acercaba a la cara un pañuelo verde -sí, sí, idéntico al tuyo-, bañado en cloroformo. Te desmayaste enseguida y te sujeté fuertemente para que no cayeras de golpe al suelo. ¡Estabas tan guapa mientras dormías! Eras un ángel; no, qué digo, miento, los ángeles sueñan con poder compararse a tu belleza. Quería tomarte allí mismo. Estaba tan excitado que podía saborear la adrenalina en las papilas de mi lengua. Pero me contuve. Todo tenía que salir según lo planeado…

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:



Categories: Personal Section, Short Stories

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2 replies

  1. ¡Vaya talento! estupenda primera parte, sin duda, logras que me envuelva en la historia e imagine cada detalle, a la vez da algo de miedo pensar que cosas como estas en realidad pasan y quizá más a menudo de lo que nos imaginamos. ¡Continuare leyendo!

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