La historia de Sammy Meyers – Parte 2/6

El altar

¿Cuánto tiempo había pasado desde que te entregaste a  mí en el muelle? No sabría decirte.  ¿Quién puede medir el tiempo cuando el corazón late desbocado a más de doscientas pulsaciones por minuto? La euforia era inmensa. Tú estabas ahí, pero aún tenía que meterte en el coche y conducir hasta el altar donde consumaríamos nuestro matrimonio.

 Poco a poco ibas volviendo en ti misma, así que tuve que aumentar la dosis de cloroformo y darte un poco más. No podía arriesgarme a que estuvieras despierta mientras conducíamos. Si nos paraba alguna autoridad, sería mucho más fácil explicar simplemente que tú estabas durmiendo, o que habías bebido demasiado y te recogía de alguna fiesta.

 Mientras conducía el corazón me latía enloquecido; presa de la excitación y nerviosismo de la noche tan especial que nos deparaba. Recuerdo que todo estaba borroso. Era el mejor subidón que tuve en mucho tiempo.  Los pocos kilómetros que nos separaban del que sería nuestro hogar y nuestro feliz futuro se me hicieron eternos. Pero finalmente llegamos.

 Cuando al final te despertaste, te noté un poco  desubicada. Pero aquello era normal, era el efecto anestésico del cloroformo y se te pasaría en unos minutos. No estaba preocupado. Mientras tú dormías con profundo sueño y esa carita de ángel que me tenía enamorado; yo trabajé sudando adrenalina para asegurarme de que estuvieras perfecta a la hora de entregarte al altar. Porque tú, mi pequeña, eras y eres entre todas, la más bella de las princesas. Te veías divina reposando sobre el colchón cubierto de pétalos de rosa roja, con el vestido de boda de una sola pieza blanco y marfil que te había puesto, sin tirantes y con corsé en forma de corazón. Estabas ya casi lista para entregarte a mí. La emoción me tenía sobrecogido y un nudo en la garganta casi hizo que se me saltaran las lágrimas al verte tan hermosa. Tenías las manos atadas a cada esquina de la cama, y también las piernas, pero éstas cerradas, como era lo correcto y debido de una muchacha casta y puritana como tú. Y como no, el pañuelo de seda verde que te regalé te cerraba la boca fuertemente a modo de mordaza.

 Pude ver, cuando al fin te ubicaste, que recorrías con la vista el decorado de la habitación. La iluminación estaba compuesta solamente de un centenar de velas blancas y rojas desperdigas por la habitación  para que no te molestara a la vista, y porque desde luego así, se veía mucho más romántico. Imagino que te gustó saber que la cama estaba elevada en el centro de la alcoba sobre un pedestal de oro. Si, oro puro. Lo robé de la parroquia local a la virgen de la Macarena. ¡No veas el tiempo y planificación que aquello me costó! Pero tú, pequeña Sammy,  siempre te has merecido lo mejor. Y más aún en esta ocasión tan especial. Ella, una estatua, no lo necesitaba. Y tú eras la única reina en el mundo que se merecía tal alabanza. A la derecha de la habitación había fotos tuyas pegadas en la pared a modo de collage. Fotos que te había hecho durante el paso de años, desde que te descubrí por primera vez jugando en los columpios del parque Santa María, cerca de la estación de autobuses. Siete años después, cómo pudiste ver, se recreaba en la pared la metamorfosis de tu infancia hasta la mujer en la que hoy te convertías. Preciosa, desde siempre, desde niña. ¡Ojalá te hubiera descubierto antes! En la otra parte de la alcoba, a la izquierda, había también un collage, ¿lo recuerdas? Pero este fue hecho con los desechos que fuiste tirando a la basura con el paso de los años. Braguitas blancas con dibujitos de Piolín; jerséis que ya te habían quedado pequeños o que tenían agujeros que las polillas le habían hecho. Sí, sé que después de tirar algunos jerséis aprendiste la valiosísima lección de poner alcanfor en el ropero, para que así tus prendas duraran más tiempo. Había también un par de pantalones vaqueros; una falda preciosa roja y blanca, a cuadros, de las típicas que usan las colegialas, que tiraste a la basura un día en un arrebato en el que ya no te entraba, pues, según tú, habías cogido unos kilos de más y te veías gorda. Ahora puedo decirte, Sammy, que nunca te vistes gorda. Siempre fuiste preciosa. Y siempre lo serás. También había muñecas: barbies, ositos de peluche, pequeños ponis y unicornios de plástico rosas y azules; incluso un microscopio del que te deshiciste cuando pensaste que ya dejó de funcionar; aunque, después de revisarlo, te diré que lo único que le pasaba era que se le había fundido la bombilla y que una de las lentes de aumento estaba rallada. Y te lo arreglé. Ahora funciona pequeñuela. Puedes volver a utilizarlo cuando quieras. 

 ¿Recuerdas, Sammy? ¡Qué noche tan llena de felicidad! ¿Recuerdas como sonaba en el gramófono el Ave María, la versión cantada por Il Divo que tanto te gusta? ¿Y recuerdas como acerqué el televisor a la cama, y mientras sonaba aquella maravillosa melodía, puse en el reproductor de VHS la cinta de un casamiento del obispo de Granada, para que pudiera unirnos en matrimonio? Recuerdo como gritabas enloquecida bajo el yugo de la mordaza. No podías contenerte la ilusión y las ganas de consumar el matrimonio. ¡Y yo era tan feliz! Y pensaba para mis adentros: cálmate cariño, ya el sermón casi ha terminado y pronto te haré mía. ¿Lo recuerdas, pequeña? Parece que fuera ayer.

 Y luego desapareciste Sammy! Me ha costado tanto encontrarte. ¡Pequeña zorra maldita! ¡Debería hacerte pagar por ello! Te mereces que te cruce la cara de lado a lado ahora que te tengo aquí, a mi merced, sentada y maniatada, amordazada y sin poder moverte o gritar. ¡Debería hacerte sufrir, pequeña!

 Pero no, Sammy, no. No te asustes. Eres mi ángel, mi cielo, mi luz, mi tesoro. Y te quiero tanto pequeña. Te quiero con todo mi corazón. Jamás podría lastimarte Sammy. Nunca te haré daño, princesa, porque sabes, todos estos años ha vivido en mi la memoria de aquella fantástica noche en la que consumamos nuestra unión. Y he de agradecerte esa mágica velada, pues ha sido lo único que me ha mantenido vivo todos estos años, con ansias de buscarte y de encontrarte, de tenerte en mis brazos y hacerte mía una vez más.

 Después de un tiempo indefinido que se hizo eterno, el sermón llego a su fin. Ya éramos marido y mujer. Felices y casados y listos para consumar nuestras nupcias. ¡Oh, Sammy, que bello momento! Me acerqué a ti con paso firme y seguro -aunque ahora bien puedo decirte que por dentro temblaba como una hoja de otoño a punto de caer de un árbol-; y te acaricié el pelo. ¡Oh, esa hermosa melena rubia! Me acerqué a ti y aspiré tu perfume. Olías como deberían oler los ángeles. Después te besé en la mejilla. Tú no dejabas de temblar y de gritar bajo la mordaza, pero sé que era de la emoción; y porque aquella iba a ser tu primera vez y no sabías que esperarte, o si te iba a doler. No te preocupes Sammy, te suspire en el odio, seré delicado con tu dulce cuerpo de caramelo. Te besé la frente, los ojos, el lóbulo de la oreja y el cuello. ¿Lo recuerdas princesa? Tú gemías y te estremecías bajo el aliento de mi lengua. Puse mi cuerpo sobre el tuyo, con cuidado de no dejar caer todo mi peso y aplastarte, y así, poco a poco, mientras te besaba, te fui desabrochando las hebillas del corsé hasta que tus pechos quedaron al desnudo. Suaves y redondos, tiernos y firmes,  con aureolas rosadas y pezones menudos que me invitaban a saborearlos. Después puse tus pezones en mi boca, primero uno, luego el otro, y así los roce con mi lengua dejando que el sabor se deshiciera en mi paladar. Y luego, poco a poco, les fui dando pequeños mordisquitos mientras que tú no dejabas de gemir. Recuerdas, Sammy? ¡Qué tiempo exquisito fue aquel! ¡Qué noche tan enternecedora y llena de amor! Tú no dejabas de temblar y estremecerte bajo mi cuerpo. Yo sudaba y también temblaba de la emoción, al fin iba a hacerte mía. Finalmente te aflojé un poco la atadura de los tobillos. No demasiado, lo suficiente para poder penetrarte. Y así, suavemente al principio, deposité mi miembro en tu matriz. Poco a poco me deslizaba. Adentro y afuera. Adentro y afuera. Así una y otra vez hasta que tu estuviste lo suficiente mojada como para aceptarme entero. Entonces me deslicé aún más adentro, más profundo, apretando con todas mis fuerzas hasta que vi que tus preciosos ojos verdes se quedaban en blanco mientras suspirabas. Ahora es el momento, me dije. Y entonces seguí empujando, aún más fuerte una y otra vez, hasta que finalmente los dos llegamos al momento deseado del clímax. ¡Oh, Sammy, que recuerdos! Siempre que cierro los ojos puedo ver tu vagina sonrosada y dulce, pequeñita y lampiña. Y así nos quedamos los dos, mi cuerpo sobre el tuyo, los dos respirando profundamente y relajados. ¡Oh, Sammy!  Y así, feliz y en paz y relajado, me quedé dormido sobre tu cuerpo de fresa. Después pensé que te estaría aplastando, por eso te marchaste. Pero te entiendo, princesa.

 Cuando me desperté tú ya no estabas a mi lado. ¿Cómo pudiste hacerme eso, Sammy? ¿Con todo lo que yo había hecho por ti? ¿Con todo lo que había tenido que hacer y sufrir para tenerte a mi lado? ¿Cómo pudiste marcharte pequeña zorra? ¿Acaso no sabías que ahora que estabas casada tenías obligaciones con tu marido? En aquel instante te odié y casi quise matarte. ¡Podría hacerlo ahora, zorra embustera! ¡Ahora que te tengo aquí, a mi merced, sin que puedas moverte, podría apretarte las sienes y el cráneo y poco a poco machacártelo y hacer que sufras y mueras!

 Pero no, Sammy, no te asustes. No grites, pequeñuela. ¡Sabes que te quiero y jamás te haría daño! Como ya te dije, buscarte y encontrarte ha sido para mí la única razón de vivir. Pero déjame que te cuente, Sammy. Déjame que explique qué pasó desde tu partida y cuan triste me dejaste.

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:



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1 reply

  1. Me encanta este tipo de historias, por muy inverosímil que parezca, muchas mujeres son secudstradas y atraviesan situaciones parecidas a las de Sammy. La historia me parece fascinante y me mantengo inmersa en ella mientras leo.

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