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La historia de Sammy Meyers – Parte 3/6

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La búsqueda

Como ya te dije, pequeña, cuando me desperté tú no estabas a mi lado.  Solo quedaba la esencia de tu perfume, un par de cabellos rubios en la almohada, y una mancha granate confundida con lo que quedaba de los pétalos de rosas. ¡Me sentí tan desdichado, y triste y sombrío! ¡No sabía que hacer sin tu presencia, qué pensar! ¡Mi mujer me había abandonado a tan solo unas horas de consumar nuestras nupcias! ¿Sammy, por qué te fuiste?

 Mi desdicha tuve que ponerla a un lado cuando sonó el timbre del teléfono. Me llamaban del zoológico, donde yo trabajaba en aquel entonces. ¿Recuerdas las veces que lo visitaste y cómo te gustaba jugar con las tortugas y los delfines? Me llamaron para decirme que las cebras estaban enfermas y no sabían si era debido a una infección bacteriana o viral, pero el caso era que todas estaban con fiebre y había que cuidarlas y averiguar cuál era la causa de su enfermedad para que no murieran. Inmediatamente cogí el coche y me dirigí al zoológico sin demora.

 Allí pase tres días y dos noches, apenas sin dormir, tratando de averiguar la causa del padecimiento de las cebras, y por qué no mejoraban con los antibióticos y medicamentos que les dábamos.  Durante todo aquel tiempo, lo único que podía pensar era en tu cuerpo de diosa. Tus hermosos ojos verdes. Tus cabellos dorados. Y como guardé éstos en una cajita de plata forrada con terciopelo púrpura, donde algún día, me dije, guardaría con el mismo celo tu mirada. A la mañana del tercer día habían muerto dos cebras, pero las demás parecían recuperarse poco a poco de aquel trastorno pasajero; así que pronto, después de completar el papeleo necesario indicando las medicinas que les habíamos administrado, podría abandonar aquel lugar desolado y sombrío, más triste aún porque tú no estabas a mi lado. 

 Finalmente me pude marchar del trabajo, y conduciendo a todo gas me dirigí hasta tu casa. Ya pasaban las tres del mediodía, así que sabía de sobra que ya habrías terminado las clases del instituto y estarías en casa comiendo con tu madre. Me dirigí allá veloz, con el corazón acelerado y las ansias de verte de nuevo una vez más a través de la cristalera del comedor.

 Sin embargo, Sammy, mi sorpresa fue tremenda al descubrir que no estabas allí. La casa estaba vacía. Tu familia y tú ya no estabais. Y en el porche de la entrada, tan solo un letrero grande con el logotipo de compra-venta de la inmobiliaria de hEra. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso estaba soñando y mis sueños no eran más que pesadillas en los que se deslumbraban mis más profundos temores de tu ausencia? No. No podía ser. ¿Qué estaba sucediendo? Salí del coche y me dirigí hacia la puerta de entrada, algo que hasta entonces nunca había hecho. Me armé de valor y llamé al timbre. Esperé unos minutos sin respuesta y volví a llamar. Y de nuevo esperé. Finalmente, comencé a presionar aquel botón una y otra vez sin parar, a la espera de que alguien saliera a atender mí llamada; con la esperanza de que tú estuvieras dentro y salieras a recibirme. Pero no, nadie salió. Tú ya no estabas y la vivienda estaba vacía. Después de media hora de timbrazos, la señora García, vecina tuya de toda la vida, salió de su casa y amablemente me explicó que ya no vivías ahí. Le pregunté por qué, pero no supo contestarme. Le dije que era un amigo de la familia y si sabía a donde os habías marchado. Me dijo que no estaba segura. Creía que a Buffalo, en el estado de Nueva York. Pero no sabría decirme al cien por cien. También escuchó algo de Toronto, en Canadá. La información no era buena o demasiado fiable, pero era lo único que tenía para empezar mi búsqueda. Le agradecí su tiempo y amabilidad y me marché de allí apesadumbrado, no sin antes apuntar el número de teléfono de la inmobiliaria.

 Llegué a casa enfurecido y muy agitado. Le pegué una patada a la puerta y le hice un agujero. También volteé el televisor y lo rompí. De los armarios de la cocina, cogí tantos platos como pude cargar en los brazos, y salí al jardín de la parte de atrás de mi vivienda, de nuestra casa. Allí los fui destrozando, uno a uno, estrellándolos contra el suelo, hasta que poco a poco me fui calmando. Créeme, Sammy, que me costó mucho trabajo y esfuerzo el contenerme y no destrozar el resto de la vivienda. Pero al final  pensé que tal vez le había pasado algo a tu familia, y que por eso os habías marchado con tanta prisa.

 Llame al número de la inmobiliaria, y subrepticiamente les pregunté acerca de la vivienda, y a donde se habían marchado los antiguos dueños. Me costó casi una hora de conversación, pero al final, después de muchas vueltas, conseguí averiguar que os habías mudado a Buffalo. ¡No sabes qué alegría tan grande, Sammy! Saber que podría encontrarte de nuevo. Que podría acariciar tu pelo y tu suave cuerpo de seda una vez más.

 Me costó ocho meses y medio hacer los preparativos de la mudanza: dejar mi trabajo, conseguir otro en aquella nueva ciudad desconocida para mí, y como no, poner a la venta una de las viviendas que poseía en herencia para conseguir el dinero que necesitaba para la mudanza. Por supuesto, solo vendí la casa de mis padres, donde yo vivía, donde estaba tu altar, aquella se quedó perfectamente cerrada, pues algún día volveríamos los dos juntos a hacer de aquella casa un hogar feliz y placentero.

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 Los días pasaban lentamente, pero tu recuerdo seguía vivo en mi mente como si hubiera sido ayer cuando te tenía en mis brazos y te besaba y te acariciaba y te poseía. Al cabo la espera llegó a su fin y pude dejar atrás mi pasado para ir en tu búsqueda. Gracias a plataformas de internet como Facebook, Twitter, LinkedIn y algunas bases de datos que pude hackear,  ya sabía, antes de emprender el largo viaje a Buffalo, a que colegio ibas y donde vivías. El apartamento era más bien pequeño y económico, nada que ver con la casa de dos plantas, porche y jardín que dejasteis atrás en nuestro querido pueblo. Sentí pena por ti, pequeña. ¿Qué te podría haber pasado para que dejarais todo y huyerais a empezar una nueva vida en un lugar tan inhóspito y desconocido? ¡Oh, Sammy, echaba tanto de menos tu mirada! El candor de esos ojos verdes como la esmeralda, profundos, llenos de vida y de alegría.

 Conduje tres días seguidos, apenas sin descanso y solo para repostar o comprar algún snack y café que me mantuviese despierto. Estaba deseoso de verte y de abrazarte de nuevo. Tanto que cuando llegué a la ciudad ni siquiera pasé a recoger las llaves de la vivienda que alquilaba, sino que fui directamente al piso donde te alojabas a verte

 Llamé a la puerta con la emoción de quien no ve a su amada durante meses. Me sentía como un soldado que llevaba años destinados a una trinchera, en algún lugar solitario, lejos de la persona que le había robado el corazón.  Estaba excitado y deseoso de ver de nuevo tus ojos. Y abriste. Estabas tan hermosa y radiante como te recordaba.  Lo que no me esperaba fueron tus gritos enfurecidos y aterrados cuando abriste la puerta. Una y otra vez decías: “vete, vete de aquí. Este es el hombre que me violó. Sal de aquí. ¡Vete de mi vida hijo de puta! Vete o llamo a la policía”.  No entendí porque reaccionaste así ni porque me llamabas esas cosas tan feas. ¿Acaso alguna vez hice algo que tú no quisieras? Seguías chillando enloquecida, y antes de que pudiera calmarte, tu madre salió de la cocina portando en la mano una pistola pequeña, semiautomática, de un calibre de siete con sesenta y cinco milímetros. ¿Qué está pasando? ¿Por qué ella reaccionaba así? Y lo peor de todo, ¿por qué reaccionabas tu así, pequeña?  Quise explicarle quien era y lo que estaba haciendo allí, y también traté de que te calmaras. Pero entre tanto grito no había forma de poner orden a  tanto embrollo. Mis súplicas cayeron en oídos sordos cuando ya los vecinos salían de sus apartamentos y se acercaban, chillándome también, y entre todos me echasteis de allí a gritos y a patadas, como si fuera un perro callejero. 

 Salí de allí cabizbajo y desilusionado, y cuando llegué al coche me encerré y no pude contenerme las ganas de llorar. Allí estaba yo, a mis cuarenta y dos años, encerrado en el vehículo y llorando a lágrima viva como si fuera un mocoso de dos años. ¿Cuánto tiempo estuve así? La verdad que no sabría decirte, Sammy. El dolor que me hiciste sufrir y la congoja eran tan grandes, que me costó lo que supuse fueron horas el  retomar la compostura y conducir hasta el apartamento que había alquilado.

Si te soy sincero, Sammy, pase los siguientes días en casa deprimido. Digo casa, pero aquello era un receptáculo sombrío, rudo e inhóspito: un pequeño apartamento de un dormitorio que era a su vez habitación y salón-comedor, con un arco abierto a una diminuta cocina. Y separado, un minúsculo cuarto de baño con un lavabo, meadero y plato de ducha.

Y allí, entristecido porque me faltabas, solo y con el corazón oprimido fui pasando los días, uno tras otro, todos iguales. Nunca fui a aquel nuevo trabajo que había conseguido en Buffalo antes de dejar nuestro pueblo; y simplemente vivía de los ahorros que tenía guardados gracias a la venta de la casa de mis padres, comprando lo que necesitaba a través de la red. Mi único contacto con el mundo exterior durante meses fue con el hombre del supermercado, que aparecía una vez al mes a entregarme el pedido de la compra que había hecho a través de Internet.   Así fueron pasando los días, Sammy, muy lentamente. Días grises y solitarios, iluminados tan solo por la luz de tu reminiscencia. Y poco a poco los días se convirtieron en meses, y los meses, cuando quise darme cuenta, se convirtieron en años. Y tú no estabas a mi lado.

 ¿Dónde estabas, Sammy? ¿Sabes cuánto dolor y sufrimiento me causaste pequeña zorra embustera? ¡Ahora que estas aquí debería hacerte pagar por ello! Causarte el mismo dolor que tú me hiciste sentir a mí. Podría, si quisiera, rajarte de arriba abajo, muy lentamente, con este bisturí que tengo aquí al lado, en esta bandeja de metal llena de instrumentos de cirugía oxidados ¡Te haré pagar, zorra!

 ¡Oh, Sammy! No, no llores nena. No te preocupes. Sabes que tan solo estoy bromeando. Tranquilízate pequeñuela, tranquilízate. Solo quiero quererte, y que tú me quieras. Sabes que tú eres mi razón de ser y de existir. Jamás podría hacerte daño.  ¡Te quiero tanto, tanto!

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:

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