La Historia de Sammy Meyers 5/6

El pacto

Te recogí en el aeropuerto y te traje aquí al hospital abandonado. Pero bueno Sammy, en esta historia nuestra, esa parte ya te la sabes.

 Aquí estamos de nuevo, Sammy, Samantha. Tal vez, ahora que ya eres una mujer, es mejor llamarte así. Al fin juntos. Estás tan hermosa como siempre, quizás más. No tiembles, Sammy. Sabes que a mi lado nunca tendrás nada de qué preocuparte. Entiendo que te marcharas, pequeñuela. Aunque eres mi esposa, ningún matrimonio está exento de dificultades y contratiempos y juegos. Y tú jugabas a desaparecer, y yo jugaba a encontrarte. Han sido muchos los años, o al menos a mí me lo parecieron. Muchos los sacrificios. Pero te perdono, princesa; porque al fin y al cabo todos los sacrificios han merecido la pena. Estar contigo de nuevo, a tu lado, poder suspirar en tu oído y oler tu perfume. Y perderme en el hechizo de tus ojos verdes…No hay sacrificio en exceso si la recompensa es estar a tu lado.

 Así que aquí estamos, Sammy. ¿Recuerdas todas las conversaciones en las que me contabas que te querías entregar a mí de una forma más íntima y profunda que el matrimonio? ¿Recuerdas como decías que querías ser totalmente mía y darme tu alma? Esa alma tuya, mi niña, es el centro de tu mirada. Esos ojos cristalinos verdes y jugosos que destellan cuando sonríes son la llave que lleva al centro de tu alma. Y por eso hoy estamos aquí. Para cumplir nuestra promesa, nuestro pacto de amor incondicional; y así ser bendecidos bajo la mirada benevolente del Creador.

 Sammy, cálmate, no grites tanto. Además, con la mordaza que llevas puesta no entiendo lo que me quieres decir. Sí, ¿lo recuerdas? Es el pañuelo de seda verde que te regalé en el día de tu cumpleaños, y que hace juego con tus ojos. Cuando al fin tenga tu alma, la cubriré con este pañuelo para así guardarla del polvo y que no se ensucie; y como bien sabes, la meteré en esta pequeña cajita de plata forrada de terciopelo púrpura, para llevarla siempre conmigo en el pecho, junto a mi corazón.

 Déjame que te cuente, Sammy, por qué tienes las manos y pies atados a los soportes de esta silla de metal. Sé que esta fría. Pero pronto te abrigaré y te daré todo el calor que tu cuerpo necesita. Verás, que sacarte el alma del cuerpo a través de los ojos es un proceso complicado. Pero por eso aquí tengo esta bandeja quirúrgica con los instrumentos necesarios: un par de bisturís para hacer las incisiones, unas tijeras para cortar el tejido sobrante, agujas e hilo para luego coser las heridas, y varias gasas para taparlas y que así no se infecten mientras sanan las lesiones.

 Haré un pequeño corte a cada lado de tus ojos, de forma horizontal, precisamente donde el párpado superior y el inferior coinciden en el centro. Haré el primer corte donde está el lagrimal, y después en el lado opuesto. Acto seguido, haré otra incisión en el párpado superior de forma vertical; y así podré con esta diminuta cucharilla hacer la presión suficiente para extraerlos de las cuencas. Así podré conservarlos para siempre, en mi cajita de terciopelo, esos hermosos cristales verdes donde conservas tu alma.

Tal vez pienses que no es mucho; pero es suficiente, Sammy. No necesitas anestésico, seré rápido con el proceso, y el amor que nos profesamos hará que sanen tus heridas. Guardaré tu mirada para siempre, con mucho celo, en esta pequeña cajita de terciopelo y plata. Así serás siempre mía. Cuidaré de tu mirada hasta el final de nuestros días. Y cuando muera me enterrarán con ella. Y nadie, solo yo, podrá mirar el espejo de tu alma.

 Y después, Sammy, después consumaremos de nuevo nuestras nupcias. Te acostaré en aquel colchón que he preparado allá en el suelo, cubierto de pétalos rojos, como sé que te gustan; allí al fondo de la habitación. Te tumbaré delicadamente y te poseeré una vez más. Pero esta vez nuestra unión será diferente, única, profunda y exclusiva como los dos queríamos. Tendré para siempre tu alma, y tú serás para siempre mía. Seremos uno. Dos cuerpos que caminan de la mano, pero que comparten la misma alma. Y así hasta el final de nuestros días.

Ahora Sammy, necesito que dejes de gritar. Sabes cuánto me excitas cuando lo haces y así no puedo concentrarme y necesito una mano firme y pulso sereno para realizar las incisiones. Cállate, pequeña. Pronto acabará todo.

Si quieres escucharla en audio narrada por Alfonso Sales, puedes encontrarla aquí:




Categories: Historias Cortas, Personal Section

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