C. Uribe

El coche y la silla

A Ramón le gustaba mucho el dinero y estar a la moda. Tenía todos los modelos de iPhone, así como tabletas electrónicas, relojes digitales, ropas de marca, y en fin, todo lo que se le antojara. Tan solo tenía que ir a la tienda, elegir algo, y pasar por la ranura la tarjeta de crédito que le había dado su padre. Como era de esperar, Ramón provenía de una familia adinerada en la que nunca tuvieron problema para satisfacer todos sus caprichos. A los dieciocho años, sus padres lo mandaron a estudiar economía y finanzas a una prestigiosa universidad de Nueva York. A los treinta, Ramón era un exitoso corredor de bolsa.

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Cuestión de sangre

Muchos años atrás, yo trabajaba en el hospital de la Fe de Valencia como doctor adjunto, terminando mi tesis y mis dos último años de prácticas. Después, sería un doctor licenciado y podría trabajar en cualquier lugar del mundo. Aunque la verdad, lo que yo quería era irme de voluntario con Médicos sin Fronteras, pues para mí era más gratificante poder ayudar a aquellos que no tenían acceso a la sanidad, pública o privada.

La tormenta

Corría el año de mil ochocientos cincuenta y nueve, época en la que la tecnología aún no estaba desarrollada, y los partes meteorológicos se basaban más en las predicciones de visionarios que en las imagines de satélites. En esta época de magia, fiebre amarilla y cólera, había un barco pesquero llamado Odisea que todas las semanas salía con su tripulación a navegar y a buscar alimento desde la isla de Corfú

El rey de la India

Muchos siglos antes de que naciera el profeta Buda, vivía en la India un rey cuyas riquezas eran admiradas por todos los soberanos y emperadores del Este. Sin embargo, este rey era humilde y de gran espiritualidad, y siempre andaba en contemplación; sin importarle las monedas de oro, los tapices de llamativos colores, o los caballos importados de Arabia, cuyo valor y fortaleza sobrepasaban a cualquier otro de su raz

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (10/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (9/14)

Habíamos quedado al día siguiente sobre las nueve de la mañana para ir con Hischam y Abdul a pasar el día en el Oasis du Fint. Sonó la alarma. La apagamos. Y si el posadero quiso despertarnos porque teníamos visita le ignoramos. Dormimos hasta el mediodía. Nos duchamos, y desayunamos tranquilamente en la terraza de una cafetería con el sol primaveral de aquel hermoso diciembre calentando nuestras mejillas. Al poco nos reunimos con nuestros amigos.

El tonto del pueblo

En Vera, un pueblecito del sur situado en la provincia de Almería, vivía un hombre de mediana edad, con poco seso, pero cariñoso y de buen corazón. Su nombre era Jaime, pero todos cariñosamente lo llamaban ‘el tío Jaime’ puesto que por las tardes se lo veía jugar al fútbol en el parque o en la plaza con los niños del pueblo. Se ganaba la vida haciendo recados y ayudando a las señoras a cargar con las compras del supermercado.

El leñador

Joshua era un trotamundos de la vida y le gustaba ir de un lugar a otro, pasando periodos de tiempo en cada lugar que visitaba, para así aprender las costumbres y tradiciones de cada pueblo. Llegó un día Joshua a un pueblo recóndito de montaña en Canadá. Allí encontró a un campo de leñadores, y se acercó a ellos con el propósito de obtener un trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y fortaleza de Joshua, lo aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al día siguiente.

Persiguiendo conejos

Tetsuya era un joven japonés estudiante de artes marciales. Era aplicado,  siempre dispuesto a aprender. Un día, después de muchas cavilaciones, el estudiante se acercó a su maestro y le dijo:

El peor día de mi vida

“Hoy ha sido el peor día de mi vida,
 Y no intentes convencerme de que

 Siempre hay algo bueno en cada día;

 Cuando miras de cerca
 El mundo es un lugar muy perverso;
 Aunque a veces,

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (4/14)

Por la tarde volvimos de nuevo al souk de Jmaa el Fna a matar el tiempo mientras esperábamos a Machine. Los últimos rayos de la tarde bañaban de luz a las atracciones que se preparaban para dar color a la noche. Encantadores de serpientes, cuenta cuentos, malabaristas, y un sin fin de gente con artes varias se agrupaba a los alrededores para presenciar tales espectáculos. Entre todos ellos, una gitana con la cara cubierta nos llamaba en español ‘¡María, María!’, decía, para que nos hiciéramos un dibujo tradicional de henna.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (1/14)

Elena y yo llevábamos unos años separadas, sin apenas contacto entre nosotras, más bien por cuestiones geográficas. Tanto así, que la última vez que nos vimos, decidimos entre unas cañas que deberíamos disfrutar de un viaje juntas las dos solas, con la mochila al hombro, a cualquier lugar que el destino quisiera llevarnos. El destino, en este caso, se llamaba Ryanair.

El principio de incertidumbre

K. Heisenberg era un profesor de física teórica, e impartía clases de mecánica cuántica en la universidad de Copenhague. Un día el profesor se encontraba en la estación de tren, y allí se subió a un vagón. El tren empezó a moverse. Pasado un tiempo, se acercó el revisor a comprobar su billete. Heisenberg buscó en los bolsillos de su pantalón, pero el billete no estaba ahí. Buscó en el maletín que llevaba siempre consigo, pero tampoco lo halló.