cuentos cortos

El coche y la silla

A Ramón le gustaba mucho el dinero y estar a la moda. Tenía todos los modelos de iPhone, así como tabletas electrónicas, relojes digitales, ropas de marca, y en fin, todo lo que se le antojara. Tan solo tenía que ir a la tienda, elegir algo, y pasar por la ranura la tarjeta de crédito que le había dado su padre. Como era de esperar, Ramón provenía de una familia adinerada en la que nunca tuvieron problema para satisfacer todos sus caprichos. A los dieciocho años, sus padres lo mandaron a estudiar economía y finanzas a una prestigiosa universidad de Nueva York. A los treinta, Ramón era un exitoso corredor de bolsa.

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Cuestión de sangre

Muchos años atrás, yo trabajaba en el hospital de la Fe de Valencia como doctor adjunto, terminando mi tesis y mis dos último años de prácticas. Después, sería un doctor licenciado y podría trabajar en cualquier lugar del mundo. Aunque la verdad, lo que yo quería era irme de voluntario con Médicos sin Fronteras, pues para mí era más gratificante poder ayudar a aquellos que no tenían acceso a la sanidad, pública o privada.

La gorra de colores

Esta historia sucedió en un pequeño pueblo de montaña de Andorra. Allí había una escuela a la que iban todos los niños de las pedanías y barrios cercanos. Un día, Sara no fue a la escuela. Al día siguiente, tampoco fue. Su madre telefoneó al colegio y explicó a los profesores que su hija estaba muy enferma, y que se la habían llevado a un hospital de Barcelona para iniciar un tratamiento nuevo, bastante peligroso y abrasivo, pero que hasta ahora había dado buenos resultados.

La tormenta

Corría el año de mil ochocientos cincuenta y nueve, época en la que la tecnología aún no estaba desarrollada, y los partes meteorológicos se basaban más en las predicciones de visionarios que en las imagines de satélites. En esta época de magia, fiebre amarilla y cólera, había un barco pesquero llamado Odisea que todas las semanas salía con su tripulación a navegar y a buscar alimento desde la isla de Corfú

Una historia de pavos

Había una vez un campesino pobre que todas las mañanas se levantaba con el sol y se iba a labrar sus tierras. Siendo pobre, el campesino era un hombre feliz, pues tenía una mujer que lo quería, una pequeña cabaña en la que refugiase de noche y no dormir a la intemperie, y siempre un plato de comida sobre la mesa. El campesino no necesitaba más.

El león y la liebre

Vivían en la sabana africana un león y una liebre. También vivían allí otros muchos animales: como leopardos, jirafas, hienas, elefantes, cigüeñas, hipopótamos y cientos más. Todos temían al león, pues éste era un cazador muy ágil y veloz, y era capaz de atrapar a otros animales de forma muy fácil. Sin embargo, el león era un animal con un corazón muy grande, y nunca cazaba si no era para comer.

Formas de ver las cosas

Llevaba quince años casado con mi esposa. Un día recibí una carta del Rey Carlos III, el instituto al que asistí cuando aún era un jovenzuelo. En la carta, me invitaban a una reunión de antiguos alumnos; y como habían pasado tantos años, decidí que sería buena idea ir y ver cómo había tratado la vida a mis antiguos compañeros.

El rey de la India

Muchos siglos antes de que naciera el profeta Buda, vivía en la India un rey cuyas riquezas eran admiradas por todos los soberanos y emperadores del Este. Sin embargo, este rey era humilde y de gran espiritualidad, y siempre andaba en contemplación; sin importarle las monedas de oro, los tapices de llamativos colores, o los caballos importados de Arabia, cuyo valor y fortaleza sobrepasaban a cualquier otro de su raz

El destino

Corría el año quinientos ochenta y siete antes de Cristo. En Japón, había un gran conflicto entre dos clanes: el clan pro-shinto Mononobe y el clan pro-Budista Soga.

El sapo y la rosa

Había una vez un hermoso jardín lleno de rosas, y amapolas, geranios, naranjos, olivos, y un sinfín de flores y árboles de colores que lo hacían uno de los más bellos del mundo. Existía en este jardín una preciosa rosa roja, la más bella de entre todas las rosas de aquel hermoso lugar. Ella se sentía especial al saber que era la más bonita de entre todas ellas, más hermosa que cualquiera de sus hermanas. Sin embargo, era consciente de la que la gente solo la veía de lejos. Nunca se acercaban a hablarle o a tocarla, o admirar todos sus tonos carmines y rosados.

Quien ríe el último

Rubén era un soldado español que llevaba meses destinado en Irak. Allí realizaba labores humanitarias protegiendo a diario a la población civil de los rebeldes contra los que luchaban otros gobiernos. Era un trabajo duro, pero gratificante. Cada dos semanas recibía noticias de su novia Sara, que vivía en Madrid. Allí le esperaba ella, alta, delgada, preciosa; y a su regreso los dos tenían planeado casarse y envejecer juntos, pasar unidos el resto de sus días. Aquellas cartas que el soldado recibía le daban fuerzas para seguir adelante, luchando, en los días en los que le faltaba el ánimo, y el dolor ajeno lo envolvía como un manto de espinas y lo hacía suyo. v

Una historia de ranas

Había una vez un grupo de ranas que saltaban alegremente por el bosque en una soleada y hermosa mañana de primavera. Allí iba felizmente el grupo, brincando y croando alegremente, y de vez cuando, dándose un chapuzón en algún estanque, y botando de un lado a otro entre las hojas de lirios.

Tradiciones

Era el uno de Noviembre, el Día de todos los Santos. Como la costumbre dicta, miles de personas en todos los pueblos de España se acercan al cementerio a llevar flores a sus parientes y amigos difuntos. En Águilas, como en cualquier otro pueblo, la costumbre se respetaba; y aquel día había cientos de personas en procesión portando flores y coronas al camposanto. Allí había también una familia asiática. Era el uno de Noviembre, el Día de todos los Santos. Como la costumbre dicta, miles de personas en todos los pueblos de España se acercan al cementerio a llevar flores a sus parientes y amigos difuntos. En Águilas, como en cualquier otro pueblo, la costumbre se respetaba; y aquel día había cientos de personas en procesión portando flores y coronas al camposanto. Allí había también una familia asiática. Era el uno de Noviembre, el Día de todos los Santos. Como la costumbre dicta, miles de personas en todos los pueblos de España se acercan al cementerio a llevar flores a sus parientes y amigos difuntos. En Águilas, como en cualquier otro pueblo, la costumbre se respetaba; y aquel día había cientos de personas en procesión portando flores y coronas al camposanto. Allí había también una familia asiática.

El bromista de Einstein

Antes de ser el físico y matemático más valorado de todos los tiempos, su genio comparado con el de Isaac Newton; Einstein fue un estudiante infravalorado por sus profesores. Nunca se ataba los cordones, ni se molestaba en qué ropa ponerse, simplemente cogía algo al azar del armario. Y era por esto y otras de sus excentricidades, que sus maestros creían que él nunca llegaría a nada en la vida.