Elemi Fuentes

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (10/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

El tonto del pueblo

En Vera, un pueblecito del sur situado en la provincia de Almería, vivía un hombre de mediana edad, con poco seso, pero cariñoso y de buen corazón. Su nombre era Jaime, pero todos cariñosamente lo llamaban ‘el tío Jaime’ puesto que por las tardes se lo veía jugar al fútbol en el parque o en la plaza con los niños del pueblo. Se ganaba la vida haciendo recados y ayudando a las señoras a cargar con las compras del supermercado.

El leñador

Joshua era un trotamundos de la vida y le gustaba ir de un lugar a otro, pasando periodos de tiempo en cada lugar que visitaba, para así aprender las costumbres y tradiciones de cada pueblo. Llegó un día Joshua a un pueblo recóndito de montaña en Canadá. Allí encontró a un campo de leñadores, y se acercó a ellos con el propósito de obtener un trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y fortaleza de Joshua, lo aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al día siguiente.

Persiguiendo conejos

Tetsuya era un joven japonés estudiante de artes marciales. Era aplicado,  siempre dispuesto a aprender. Un día, después de muchas cavilaciones, el estudiante se acercó a su maestro y le dijo:

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (8/14)

Hischam era un chico guapo y simpático, llevaba un shash blanco en la cabeza al más puro estilo bereber; y aunque acostumbrado a las noches del desierto, su vida ya no era tan nómada como otros de sus coetáneos. Sus inmensos ojos azabaches eran capaces de cautivar el alma de cualquier demonio y mostrar la luz que de ella se desprendía. Por supuesto que nos invitó a té, y entre charlas y risas, condones, medicamentos y dírhams, salimos de la tienda no sólo con abalorios de plata sino con el que sería nuestro amigo y guía durante el resto de nuestra aventura.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (7/14)

Llegamos a Ouarzazate, la puerta del desierto, pasadas las cinco de la tarde. El astro sol brillaba majestuoso sobre la ciudad, reflejando todos los ocres y amarillos, resaltando estos colores como si fueran los únicos en el espectro visible de un prisma.
Como cualquier viajero, llegamos cansadas y con ganas de orinar. Cumplimos con estas banalidades en unas letrinas a la antigua usanza: con agujero en el suelo a un pozo ciego sin papel higiénico

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (6/14)

Viajar por Marruecos es toda una odisea no apta para aquellos que sufren del corazón. Al menos, es lo que pensé cuando decidimos coger el autobús hacia la famosa ciudad de Ouarzazate. Un oasis en el desierto. Un refugio para los nómadas. Un desierto por el que habían pasado cientos de actores como Bratt Pitt o Julia Roberts, y donde se habían filmado cientos de películas de éxito mundial como ‘la guerra de las galaxias’, ‘Lawrence de Arabia’, y otras tantas de menos renombre. Pero ese dato aún no lo sabíamos. Esa y otras tantas maravillas que nos deparaban en el corazón de Marruecos eran un misterio al que nos aventurábamos con los brazos abiertos.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (5/14)

A la mañana siguiente nos levantamos con bastante resaca. Era el aniversario de la muerte del padre de Elena. Yo poco sabía de él. A veces me lo encontraba en la biblioteca leyendo, y nos saludábamos cortésmente con un ligero movimiento de cabeza. Tenía un rostro amable y el pelo blanco. Siempre que me lo cruzaba no podía evitar pensar que de existir Papa Noel, sería igual que el padre de Elena.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (4/14)

Por la tarde volvimos de nuevo al souk de Jmaa el Fna a matar el tiempo mientras esperábamos a Machine. Los últimos rayos de la tarde bañaban de luz a las atracciones que se preparaban para dar color a la noche. Encantadores de serpientes, cuenta cuentos, malabaristas, y un sin fin de gente con artes varias se agrupaba a los alrededores para presenciar tales espectáculos. Entre todos ellos, una gitana con la cara cubierta nos llamaba en español ‘¡María, María!’, decía, para que nos hiciéramos un dibujo tradicional de henna.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (2/14)

Al bajar del avión quise hacer un par de fotos, pero dos policías me gesticularon amablemente que no estaba permitido realizar fotografías en el aeropuerto. ¿Acaso teníamos pintas de terroristas? ¿O podría el flash de la cámara afectar al aterrizaje de un avión? El aeropuerto era bastante pequeño. Me recordaba un poco al de San Javier en Murcia, y creo que su dimensión estaba a caballo entre este y el de Stansted en Londres.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (1/14)

Elena y yo llevábamos unos años separadas, sin apenas contacto entre nosotras, más bien por cuestiones geográficas. Tanto así, que la última vez que nos vimos, decidimos entre unas cañas que deberíamos disfrutar de un viaje juntas las dos solas, con la mochila al hombro, a cualquier lugar que el destino quisiera llevarnos. El destino, en este caso, se llamaba Ryanair.

El principio de incertidumbre

K. Heisenberg era un profesor de física teórica, e impartía clases de mecánica cuántica en la universidad de Copenhague. Un día el profesor se encontraba en la estación de tren, y allí se subió a un vagón. El tren empezó a moverse. Pasado un tiempo, se acercó el revisor a comprobar su billete. Heisenberg buscó en los bolsillos de su pantalón, pero el billete no estaba ahí. Buscó en el maletín que llevaba siempre consigo, pero tampoco lo halló.