Historias Cortas

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (9/14)

Habíamos quedado al día siguiente sobre las nueve de la mañana para ir con Hischam y Abdul a pasar el día en el Oasis du Fint. Sonó la alarma. La apagamos. Y si el posadero quiso despertarnos porque teníamos visita le ignoramos. Dormimos hasta el mediodía. Nos duchamos, y desayunamos tranquilamente en la terraza de una cafetería con el sol primaveral de aquel hermoso diciembre calentando nuestras mejillas. Al poco nos reunimos con nuestros amigos.

Persiguiendo conejos

Tetsuya era un joven japonés estudiante de artes marciales. Era aplicado,  siempre dispuesto a aprender. Un día, después de muchas cavilaciones, el estudiante se acercó a su maestro y le dijo:

El peor día de mi vida

“Hoy ha sido el peor día de mi vida,
 Y no intentes convencerme de que

 Siempre hay algo bueno en cada día;

 Cuando miras de cerca
 El mundo es un lugar muy perverso;
 Aunque a veces,

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (8/14)

Hischam era un chico guapo y simpático, llevaba un shash blanco en la cabeza al más puro estilo bereber; y aunque acostumbrado a las noches del desierto, su vida ya no era tan nómada como otros de sus coetáneos. Sus inmensos ojos azabaches eran capaces de cautivar el alma de cualquier demonio y mostrar la luz que de ella se desprendía. Por supuesto que nos invitó a té, y entre charlas y risas, condones, medicamentos y dírhams, salimos de la tienda no sólo con abalorios de plata sino con el que sería nuestro amigo y guía durante el resto de nuestra aventura.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (7/14)

Llegamos a Ouarzazate, la puerta del desierto, pasadas las cinco de la tarde. El astro sol brillaba majestuoso sobre la ciudad, reflejando todos los ocres y amarillos, resaltando estos colores como si fueran los únicos en el espectro visible de un prisma.
Como cualquier viajero, llegamos cansadas y con ganas de orinar. Cumplimos con estas banalidades en unas letrinas a la antigua usanza: con agujero en el suelo a un pozo ciego sin papel higiénico

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (5/14)

A la mañana siguiente nos levantamos con bastante resaca. Era el aniversario de la muerte del padre de Elena. Yo poco sabía de él. A veces me lo encontraba en la biblioteca leyendo, y nos saludábamos cortésmente con un ligero movimiento de cabeza. Tenía un rostro amable y el pelo blanco. Siempre que me lo cruzaba no podía evitar pensar que de existir Papa Noel, sería igual que el padre de Elena.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (1/14)

Elena y yo llevábamos unos años separadas, sin apenas contacto entre nosotras, más bien por cuestiones geográficas. Tanto así, que la última vez que nos vimos, decidimos entre unas cañas que deberíamos disfrutar de un viaje juntas las dos solas, con la mochila al hombro, a cualquier lugar que el destino quisiera llevarnos. El destino, en este caso, se llamaba Ryanair.