Marrakech

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (13/14)

Nos levantamos temprano la mañana que partíamos de vuelta a España. Aún estábamos en Ouarzazate y el viaje prometía ser largo y tedioso. Desayunamos tranquilamente con los chicos y fumamos cigarrillos acicalados antes de partir. Nos llevó de vuelta a Marrakech un amigo común de éstos que no conocíamos y no hablaba nuestro idioma. Tranquilamente nos fuimos en el coche con él.

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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (6/14)

Viajar por Marruecos es toda una odisea no apta para aquellos que sufren del corazón. Al menos, es lo que pensé cuando decidimos coger el autobús hacia la famosa ciudad de Ouarzazate. Un oasis en el desierto. Un refugio para los nómadas. Un desierto por el que habían pasado cientos de actores como Bratt Pitt o Julia Roberts, y donde se habían filmado cientos de películas de éxito mundial como ‘la guerra de las galaxias’, ‘Lawrence de Arabia’, y otras tantas de menos renombre. Pero ese dato aún no lo sabíamos. Esa y otras tantas maravillas que nos deparaban en el corazón de Marruecos eran un misterio al que nos aventurábamos con los brazos abiertos.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (4/14)

Por la tarde volvimos de nuevo al souk de Jmaa el Fna a matar el tiempo mientras esperábamos a Machine. Los últimos rayos de la tarde bañaban de luz a las atracciones que se preparaban para dar color a la noche. Encantadores de serpientes, cuenta cuentos, malabaristas, y un sin fin de gente con artes varias se agrupaba a los alrededores para presenciar tales espectáculos. Entre todos ellos, una gitana con la cara cubierta nos llamaba en español ‘¡María, María!’, decía, para que nos hiciéramos un dibujo tradicional de henna.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (2/14)

Al bajar del avión quise hacer un par de fotos, pero dos policías me gesticularon amablemente que no estaba permitido realizar fotografías en el aeropuerto. ¿Acaso teníamos pintas de terroristas? ¿O podría el flash de la cámara afectar al aterrizaje de un avión? El aeropuerto era bastante pequeño. Me recordaba un poco al de San Javier en Murcia, y creo que su dimensión estaba a caballo entre este y el de Stansted en Londres.