marruecos un viaje a las profundidades del alma

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (14/14)

Hischam y yo mantuvimos correspondencia durante unos meses. Era complicado puesto que él apenas sabía escribir, y mi francés escrito estaba bastante distorsionado por lo que sabía de inglés. Yo le escribía en una mezcla de tres idiomas, y apenas su compañero le traducía como podía. Entonces entre ambos me respondían, siempre diciéndome que me echaba de menos, tanto o más de lo que yo le necesitaba en mi vida.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (13/14)

Nos levantamos temprano la mañana que partíamos de vuelta a España. Aún estábamos en Ouarzazate y el viaje prometía ser largo y tedioso. Desayunamos tranquilamente con los chicos y fumamos cigarrillos acicalados antes de partir. Nos llevó de vuelta a Marrakech un amigo común de éstos que no conocíamos y no hablaba nuestro idioma. Tranquilamente nos fuimos en el coche con él.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (11/14)

El día despertó a una mañana gloriosa y despejada. El Lorenzo brillaba majestuoso sobre las arenas de Merzouga. Los dromedarios descansaban plácidamente junto a la jaima mientras nosotras saludábamos a otros viajaros australianos que ya dormían cuando llegamos la noche anterior. Ellos se levantaron a ver el amanecer. Y aunque nos hubiera gustado ver al astro sol alzarse aquella mañana, nosotras no hubiéramos cambiado por nada en el mundo la experiencia de la noche anterior.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (10/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (9/14)

Habíamos quedado al día siguiente sobre las nueve de la mañana para ir con Hischam y Abdul a pasar el día en el Oasis du Fint. Sonó la alarma. La apagamos. Y si el posadero quiso despertarnos porque teníamos visita le ignoramos. Dormimos hasta el mediodía. Nos duchamos, y desayunamos tranquilamente en la terraza de una cafetería con el sol primaveral de aquel hermoso diciembre calentando nuestras mejillas. Al poco nos reunimos con nuestros amigos.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (4/14)

Por la tarde volvimos de nuevo al souk de Jmaa el Fna a matar el tiempo mientras esperábamos a Machine. Los últimos rayos de la tarde bañaban de luz a las atracciones que se preparaban para dar color a la noche. Encantadores de serpientes, cuenta cuentos, malabaristas, y un sin fin de gente con artes varias se agrupaba a los alrededores para presenciar tales espectáculos. Entre todos ellos, una gitana con la cara cubierta nos llamaba en español ‘¡María, María!’, decía, para que nos hiciéramos un dibujo tradicional de henna.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.