Short Stories

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (12/14)

A la mañana siguiente, poco después de despertar, decidimos pasar por la pensión a ducharnos, cambiarnos y coger documentos y enseres básicos para hacer un viaje al corazón del desierto. Para nuestra sorpresa, el posadero, un hombre de mediana edad con un hijo de unos siete años, nos comentó que pasó la noche preocupado por la falta de nuestro regreso, y como se había quedado con nuestros pasaportes, estaba a punto de llamar a la policía para notificar nuestra desaparición.

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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (8/14)

Hischam era un chico guapo y simpático, llevaba un shash blanco en la cabeza al más puro estilo bereber; y aunque acostumbrado a las noches del desierto, su vida ya no era tan nómada como otros de sus coetáneos. Sus inmensos ojos azabaches eran capaces de cautivar el alma de cualquier demonio y mostrar la luz que de ella se desprendía. Por supuesto que nos invitó a té, y entre charlas y risas, condones, medicamentos y dírhams, salimos de la tienda no sólo con abalorios de plata sino con el que sería nuestro amigo y guía durante el resto de nuestra aventura.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (7/14)

Llegamos a Ouarzazate, la puerta del desierto, pasadas las cinco de la tarde. El astro sol brillaba majestuoso sobre la ciudad, reflejando todos los ocres y amarillos, resaltando estos colores como si fueran los únicos en el espectro visible de un prisma.
Como cualquier viajero, llegamos cansadas y con ganas de orinar. Cumplimos con estas banalidades en unas letrinas a la antigua usanza: con agujero en el suelo a un pozo ciego sin papel higiénico

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (5/14)

A la mañana siguiente nos levantamos con bastante resaca. Era el aniversario de la muerte del padre de Elena. Yo poco sabía de él. A veces me lo encontraba en la biblioteca leyendo, y nos saludábamos cortésmente con un ligero movimiento de cabeza. Tenía un rostro amable y el pelo blanco. Siempre que me lo cruzaba no podía evitar pensar que de existir Papa Noel, sería igual que el padre de Elena.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (3/14)

Allá los mercaderes vendían uno junto al otro sus babuchas, pañuelos, abalorios hechos a mano, artesanía de barro, especias, frutas, y un sin fin de productos que relucían bajo el sol de mediodía en colores brillantes y llamativos que acaparaban tu atención. La gente te llamaba a voces para que vieras (y compraras, como no) alguno de sus artículos. Las moscas zumbaban alegremente en las carnes de pollos y corderos que colgaban en las puertas de las carnicerías. Mientras que el olor que se desprendía de los productos podridos así como el de las heces de animales, se fundía con el de las especias, frutas y velas, creando una atmósfera muy característica que enaltecía los cinco sentidos. A veces tenías que volver entre tus pasos porque un burro cortaba el acceso y, siendo las calles tan estrechas, no podías sortearlo.

Noches de Jazz

Salí de casa con la serena calma de quien no tenía nada de qué preocuparse. Iba vestido con mi mejor ropa y la noche sonaba a ritmo de jazz.  Caminaba tranquilo a la orilla del rio Sena y la ciudad estaba llena de gente con ganas de divertirse. Me desvié por el boulevard des Champs-Élysées, en el Huitième  arrondissement de Paris, pasando despreocupadamente por la Plaza de la Concordia y al poco, a la derecha, la Plaza de Charles de Gaulle, en cuyo centro se alzaba majestuoso el Arco del Triunfo, símbolo histórico de patriotas revolucionarios, de batallas perdidas, y otras tantas ganadas.