un viaje a las profundidades del alma

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (8/14)

Hischam era un chico guapo y simpático, llevaba un shash blanco en la cabeza al más puro estilo bereber; y aunque acostumbrado a las noches del desierto, su vida ya no era tan nómada como otros de sus coetáneos. Sus inmensos ojos azabaches eran capaces de cautivar el alma de cualquier demonio y mostrar la luz que de ella se desprendía. Por supuesto que nos invitó a té, y entre charlas y risas, condones, medicamentos y dírhams, salimos de la tienda no sólo con abalorios de plata sino con el que sería nuestro amigo y guía durante el resto de nuestra aventura.

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Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (7/14)

Llegamos a Ouarzazate, la puerta del desierto, pasadas las cinco de la tarde. El astro sol brillaba majestuoso sobre la ciudad, reflejando todos los ocres y amarillos, resaltando estos colores como si fueran los únicos en el espectro visible de un prisma.
Como cualquier viajero, llegamos cansadas y con ganas de orinar. Cumplimos con estas banalidades en unas letrinas a la antigua usanza: con agujero en el suelo a un pozo ciego sin papel higiénico

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (6/14)

Viajar por Marruecos es toda una odisea no apta para aquellos que sufren del corazón. Al menos, es lo que pensé cuando decidimos coger el autobús hacia la famosa ciudad de Ouarzazate. Un oasis en el desierto. Un refugio para los nómadas. Un desierto por el que habían pasado cientos de actores como Bratt Pitt o Julia Roberts, y donde se habían filmado cientos de películas de éxito mundial como ‘la guerra de las galaxias’, ‘Lawrence de Arabia’, y otras tantas de menos renombre. Pero ese dato aún no lo sabíamos. Esa y otras tantas maravillas que nos deparaban en el corazón de Marruecos eran un misterio al que nos aventurábamos con los brazos abiertos.

Marruecos: un viaje a las profundidades del alma (5/14)

A la mañana siguiente nos levantamos con bastante resaca. Era el aniversario de la muerte del padre de Elena. Yo poco sabía de él. A veces me lo encontraba en la biblioteca leyendo, y nos saludábamos cortésmente con un ligero movimiento de cabeza. Tenía un rostro amable y el pelo blanco. Siempre que me lo cruzaba no podía evitar pensar que de existir Papa Noel, sería igual que el padre de Elena.